2066/ Verano
Cuando la furia se acabó, comenzó el resentimiento.
Algunos lo veían como resignación, pero realmente no lo era. Cuando llevaban tres días sin luz, durante la sexta ola de calor del año, y sin noticias reales de Edesur, muchos condenaban al Infierno a los que habían programado a los chatbots y los contestadores automáticos con menús circulares. Nadie sabía que uno de ellos vivía en el edificio. Pero, en realidad, nadie entraba realmente en contacto con él: es más, muchos vecinos creían que el departamento 7B estaba desocupado, y hasta Norma, la encargada, se olvidaba a veces que ahí estaba el tipo.
Solamente Mariela, la del 6B, recordaba a Horacio, pero no tenía ni puta idea de a qué se dedicaba.
Horacio, por su parte, tenía la conciencia social de un piojo y el instinto de preservación de un lemming. Era absolutamente incapaz de socializar en forma no transaccional, e incluso en el trabajo no lo junaban de nada. Su vida pasaba enteramente por lo digital. Incluso a nivel laboral no era más que un freelancer (aunque a él le gustaba decir que era un “emprendedor digital…” al menos eso decían sus cuentas en redes sociales, porque decirlo no se lo decía a nadie).
Mariela lo conocía, claro, pero solo porque había sido objeto de su ira retrógrada. Su red de bots de Twitter la había acosado durante un tiempo, junto con algunos trolls reales. De los pesados. Mariela vivía con dos compañeras trans más, la Chiqui y la Gorda, y entre todas pagaban el alquiler. Laburaba en el superchino de la vuelta (en realidad, los dueños eran coreanos), y le pagaban una miseria, así que se apiñaban en 45 metros cuadrados con dos cuchetas.
Ella había llegado al punto donde en general estaba en caja, aunque algunos rasgos masculinos conservaba (que trataba de ocultar imperiosamente). Los yanquis tenían una palabra para eso, passing, que a ella no le gustaba porque tenía un matiz ligado al engaño.
Pero Yaqueline, la Chiqui, y Carolina, la Gorda, no pasaban ni en pedo y no era raro que recibieran un grado diario de desprecio. Ellas dos, igual, no se comían los mocos.
Ahora bien, la cosa había sido más grave con Horacio: el tipo las había identificado en redes, y había lanzado una pequeña campaña terrorista contra ellas. Había sido tan grave como para hacer la denuncia, pero claro, quién se tomaba en serio a “tres travas” en tiempos donde el Inadi había desaparecido.
Por eso, la mujer se sorprendió de verlo salir de su covacha inmunda cuando el agua del tanque se acabó. El sol freía huevos en el asfalto; ¿qué iba a hacer este vampiro fuera de su covacha?
Más se sorprendió al ver lo chiquito que parecía: era un guachín sudoroso de no más de veintipocos. Estaba rabioso, y se veía que quería pedir algo pero no se animaba. La Mary había salido con dos baldes para ir a la canilla de la planta baja, donde todavía había agua porque venía de la calle. Chivaba fuerte, y en la musculosa tenía dos aureolas oscuras: una en el pecho y otra en la espalda. Como no llevaba corpiño, los pezones apuntaban, amenazantes, a quienquiera que hablara con ella.
Horacio puteó cuando no se pudo tomar el ascensor.
El tipo la miró hacer. Tenía una botellita minúscula, de esas que también funcionaban como termo, y ella estaba llenando el segundo balde cuando, de la calle, llegó Mercedes, la señora del 9E. Era una mujer muy mayor.
―Horacio, ya te vi. Si querés que te dé un balde con agua, ayudame con Mercedes.
―Bue… bueno.
Entre los dos agarraron a la abuela, uno de cada hombro, y la llevaron casi en andas.
―Muchas gracias, querida. Qué barbaridad que nos esté pasando esto. Que me tengas que llevar así.
―Si no nos cuidamos entre nosotros, no nos va a ayudar nadie, Mercedes. ¿Sabe si viene alguien de Edesur?
―La verdad que no. No pude comunicarme en ningún momento. Me preocupan Élida y Marcelo, que están peor que yo. Élida no puede caminar.
―¿Élida es la del 5A, no?
―No, querida, esa es Ramona. Ella todavía está bien. Es también muy grande, pero tiene a los hijos. La vi ayer que la llevaban en el auto. Élida vive en el 8E, Marcelo vive en el mismo piso que vos. Tiene problemas respiratorios y es casi ciego. Ninguno de los dos tiene hijos. Bah, Marcelo no se habla con los suyos hace añares.
―¿Por?
―La verdad, no sé. Tuvieron algún entripado feo, creo. Pero no es mala persona, siempre nos llevaba con el auto cuando podía manejar todavía.
―¿Y usted?
―Viven lejos, en Mar de las Pampas. Y hace varios días que no tengo noticias.
―Hay problemas por allá también, ¿no?
―Sí, sí… Les mandaron a la policía y todo. Un desastre. Quién diría que nos iba a pasar todo esto.
―Y… hay que votar bien.
―Bueno, pero era un tipo con ideas novedosas.
Mariela estuvo tentada de tirar a la vieja pelotuda por las escaleras, pero se contuvo. Si los viejos querían suicidarse, era problema de ellos, pero que se llevaran puestos a los demás también era el colmo. Ella, entre otras tantas viejas caniche, habían decidido “un cambio”… en base a lo que les decía la tele que estaba bien. La misma tele que les formaba la conciencia hacía cincuenta años. Bueno, ahora tenía que decidir entre la comida y los medicamentos. Y eso que ni siquiera pagaban alquiler.
Horacio se mantuvo callado durante todo el trayecto, pero se crispó mientras hablaban de política. Más le valía. Ahí tenían el resultado de la “desregulación”. Nueve putos pisos sin electricidad. Llegaron hechos sopa.
―Disculpe, Mercedes. La empapamos de sudor.
―No te preocupes, querida. Bastante has hecho para ayudarme.
No era mala, la vieja. Medio pelotuda, nomás. La mujer abrió la puerta, y la fetidez salió mal disimulada por el desodorante de ambientes. Era evidente que no podía tirar la cadena.
―¿Tiene agua?
―Muy poquita.
―Puta madre. Todos los viejos deben estar igual.
―Claro, el motor del tanque no está funcionando.
Mariela miró al troll libertario. Había sido la primera frase completa que le había oído pronunciar en su vida. Bastante diferente de su persona digital.
―¡Sabés hablar!
El tipo sonrió mal, tratando en vano de tomarse con humor el comentario.
―Escuche, Mercedes, se me ocurrió una idea. Vamos a tratar de traerle agua a usted y a las demás personas mayores del edificio. A cambio, le voy a pedir algo: anótenos bien dónde están, y también todas las personas con hijos chicos. Y dígale a los vecinos de su piso que vamos a tratar de organizarnos para tener agua. Todas las personas que puedan deberían bajar. Tratemos de juntarnos en media hora en el hall central.
―Bueno, querida. Muchas gracias.
―No hay por qué, señora. No se olvide de anotar las personas más necesitadas.
La cadena de trabajo había sido bastante más eficaz y productiva de lo que pensaba. La aglomeración en el hall había sido parecida a una reunión de consorcio, pero sin los propietarios (porque los únicos a los que les alcanzaba la plata para tener algo propio no iban a comprar frente a la estación de Floresta… o eran los mismos viejos a los que trataban de ayudar). Ella les comentó en diez palabras lo que tenían que hacer, y hubo un acuerdo general. En estos tiempos, llamaba la atención que la gente tenía un grado de solidaridad básica que no se condecía con el voto. Incluso vecinos que habitualmente la miraban mal a ella y a sus compañeras se prendieron en la iniciativa, y la ampliaron. Para las diez de la noche, todo el mundo había tirado la cadena en su casa, tenía el inodoro lleno, al menos cinco litros de agua en botellas y cacerolas, y dos baldes para otros usos.
Habían quedado incluso en ir a cagar todos a la planta baja, para facilitarse la tarea de recargar el inodoro. Norma había protestado, al principio, pero después se había plegado.
Los vecinos habían hecho chistes, conocían mejor sus nombres, y los viejos habían decidido hacer una vaquita para preparar una cena ligera para todos. De hecho, todes habían vaciado las heladeras, y temían abrir los freezers, porque la inflación estaba dura, y no estaban seguros de cuánto iba a aguantar el frío ahí adentro. Mariela y Yaqueline descansaban en las escaleras, con sanguchitos de pollo y tomate.
Horacio estaba ahí también.
―Che, funcionó esto, eh. Si nos organizamos, mañana podemos armar una pelopincho en el techo.
―Mejor en el jardín del edificio.
―No creo que Norma nos deje.
―Tampoco en teoría se podría en la terraza, pero lo estás proponiendo igual.
―Lo que a mí me gustaría es una buena ducha.
―Uy, sí, sería óptimo. Mañana los coreanos me van a cagar a puteadas.
―Pero al menos ahí tenés ventilador. ¿No tienen un generador, ellos?
―Sí, les cuesta un huevo. Pagan más en nafta en una semana de lo que me pagan a mí en un mes, Chiqui.
―Que no es mucho.
―Que no es mucho, es cierto.
―Yo… yo creo que deberíamos pedir un generador a Edesur.
―¡Habla!
―Sí, a mi también me sorprendió.
El muchacho las miró con… ¿tristeza? Pero insistió.
―Claro que… claro que ha-hablo. Y… deberíamos llamar a Edesur para… para pedir un gen… un gen… un generador.
―Sí, claro, Horacio. ¿Y cómo llamamos? ¿Con electricidad mágica para cargar los teléfonos?
―¿V-v-vos no podés cargar e-el celu en tu tt-trabajo?
No eran nervios. El tipo de verdad era tartamudo. Así que por eso no hablaba… ahora le cerraba más. No lo iba a perdonar, igual. El maltrato seguía siendo maltrato.
―Bueno, sí, pero no voy a perder carga al pedo para que me manden un contestador. Otra vez.
―Bue… bueno. Y-y-yo puedo ayudar en algo a-ahí.
―Ah, ¿Sí? ¿Cómo?
―Sí. Co-co-conozco el sistema interno. A-ayudé a p-p-programarlo.
―Me estás jodiendo.
―N-n-no. Sí… a-a-ayudé. No… no lo programé yo, pero s-s-sí a los chatbots.
De pronto, el pibe se vio rodeado por tres pares de tetas de plástico. La Gorda había bajado las escaleras cuando los escuchó. Su peor pesadilla… ¿o fantasía? Mariela ya no estaba tan segura. No solamente había ayudado, sino que se había quedado con ellas a cenar, sin volver a encerrarse, como el hikikomori que era.
―¿Y qué esperás, paparulo? ―dijo Mariela― ¿Cómo es que todavía no nos conseguiste un generador?
―N-n-n-no es tan fácil. N-n-no trabajo pa…. para Edesur todo el tiempo, soy freelance, s-s-solamente diseñé los chatbots.
―Lindo trabajo hiciste, amor, ¿eh? ―dijo la Chiqui―. ¿A vos se te ocurrió tenernos saltando eternamente entre menúes?
―V-v-vo… vos no entendés. Es el futuro. Los chatbots son mejores que los seres humanos, más responsivos, más inteligentes. No están contaminados como… como…
―Entonces decile a tu chatbot que nos consiga un generador.
―N-n-no... Bueno… Sí. O sea, no es a-a-así como ff… como fff… como funciona. Es cierto que tienen programados loops internos y circuitos cerrados, pero en cuanto la tecnología evolucione, vas a ver. Todos van a ver. Vamos a ser irrelevantes, ¿sabés? Nos vamos a poder subir a la Nube. ¿Sabés lo que es subir a la nube, dejando atrás el cuerpo?
―Uff, querido, si te contara. Mirá cómo quise dejar mi cuerpo atrás que me puse las tetas.
La Mary se las agarró y las movió ostensiblemente. Las tres se cagaron de risa del boludo del siete be. Horacio parecía furioso, pero no alejaba la vista de las tetas.
―E…e… es que us-us-ustedes no saben na-nada de trans… transhum…
―Ah mirá vos al troll libertario. Quiere ser trans, como nosotras.
―¡Transhumanismo! U… u… ustedes no… no pueden negar ser va… ser var…
―Mirá, amor ―dijo la Gorda―, dejar un cuerpo atrás y que este refleje nuestramente es exactamente lo que nosotras queremos, aunque no queramos dejar la carne precisamente. Me gustan los chorizos gordos. Cuanto más gordos y abultados, más sabor.
―Sos terrible, Gorda. Dejá de mirarle el bulto. Una vez que sacamos al canario de la jaula, y ya lo vas a espantar…
―No va a querer salir de nuevo.
―N… no pa-pasa… no pasa nada. Pu-puedo ba-ba-bancarme u-u-una joda. Los p-p-progres son los que no se bancan e-e-el humor.
―Miralo vos al pancho este. Repite como lorito lo que le dicen sus amos.
―Gorda…
―No, Mary. Me acuerdo de lo que hizo el bobo éste. No importa que ahora esté “portándose bien” y ayudando.
―Es un pendejo educado en pandemia.
―Nosotras también. Y no es excusa.
―Vos tenés de pendeja lo que yo de musulmán, Gorda. Veinte años en cada pata, tenés.
―Cashate, vos, trola. ¿Qué te metés, si la estoy peleando a la Mary? Y al bobito éste.
―N-n-no me faltés e-e-el respeto, q-que yo no te hice nada.
―Ah, si ahora resulta que no sabés quién es Adamantium_Freedom_463 ―le gritó la Gorda a Horacio―. ¿Qué te pensás, que somos todos tarados?
―Mirá cómo te salió el masculino, gordita linda…
―Vos cashate, te dije, Chiqui. Y vos, bolsa de pus...
Horacio se había hecho chiquito en la escalera. No podía huir a su casa, que estaba tres pisos más arriba. Anochecía, y la luz de la linterna y las velas hacía muy largas las sombras. La furia de Carolina era temible. Tenía manos de carnicero viejo y tetas de vedette.
La Mary intervino.
―No, Gorda. Basta. Es un pobre gurí tartamudo que pasó demasiado tiempo en redes. No tiene idea de lo que te hizo, ni cómo nos afecta.
»Y vos, zoquete, la Carolina se pasó, pero a ver si aprendés algo de todo esto. No podés esconderte atrás de una pantalla todo el tiempo, y la verdad es que nos jodiste bastante. Y varias veces.
El culo del muchacho se desplomó sobre las escaleras. Su cara era un choclo con kétchup y salsa golf. Respiró fuerte y muy rápido, y cerró la boca. Parecía a punto de llorar.
La Mary se le sentó al lado. Ya no parecía querer escaparse. Ella no estaba muy segura de qué decirle. Por un lado, entendía que la Gorda tenía todo el derecho del mundo a reclamar (y ella misma había querido acuchillarlo más de una vez… y no metafóricamente), pero por otro lado, se daba cuenta que era un pobre tarado, y le daba pena.
―Mirá, vamos a ver qué podemos hacer. De alguna manera vas a tener que compensar las cagadas que te mandaste, compa. Te aseguro que si no lo hacés, la dejo a la Gorda que te tire por la escalera.
El gurí se alarmó, pero cuando la vio sonreír, entendió mejor.
―N-n-no sé qué q-querés que haga.
―Vos dijiste algo acerca de que laburaste para Edesur, ¿no?
―S-sí.
―Entonces, algo vas a poder hacer para navegar tu laberinto de bots, ¿no?
―N-n-no sé. Capaz.
―¿Y no podés llamar a los que te encargaron el laburo y pedirles un generador?
―N-no creo.
―Entonces, ¿qué podemos hacer para resolver la situación?
―Perdoname, Mary ―dijo la Chiqui―. ¿No podrá jaquear a Edesur? Capaz así sabemos qué poronga pasó.
―¿Qué va a pasar, si no es falta de mantenimiento, Chiqui? ―dijo la Gorda―. Pero es buena idea jaquear Edesur. Al menos para tener algo más de información, y ver qué podemos hacer, en lugar de la respuesta corporativa.
―¿Podés hacer eso, Horacio?
―N-no m-m-me digas así.
―¿No te gusta tu nombre?
―N-n-n- no es eso. Es que todas tienen a-a-podo. Q-quiero uno, tam… también.
―Bueno, dejame pensar uno. No se ponen apodos así como así. Se ganan. Pero, ¿podés hacer lo que dijeron las chicas? ¿Jaquear Edesur?
―Pu-pu-puedo intentarlo. Si tengo acceso al router interno, puedo acceder a la infrastructura informática general. De ahí, puedo tener acceso a las bases de datos y al sistema telefónico. Lo conozco de primera mano. Quizá incluso a los mails internos de los supervisores o incluso a las cámaras. Es arrriesgado, eso sí, porque si me llegan a descubrir puedo ter… ter… terminar en cana.
El único Edesur que ilumina es el que arde, decía una pared, en el camino entre sus dos trabajos.
La Mary se encontró con Horacio a la cafetería Los Pelados, en el shopping. Ahí habían reestablecido la luz rapidísimo, claro. ¿Cómo iba si no el chetaje a probar su latte machiatto y su “máfins”? Una vez ella había cometido el gravísimo error de preguntar qué era un “mufín”, y la reacción habría sido la misma que si se hubiera cagado encima.
La única ventaja de este laburo es que era razonablemente tranquilo, y que tenía aire acondicionado. Lo saludó antes de ponerse el delantal, pero fue al baño para enjuagarse los sobacos y cambiarse. Horacio no tenía un peso partido a la mitad, lo sabía. Habían charlado un largo rato, hasta que se dio cuenta que un “emprendedor digital” era lo mismo que un changarín con ínfulas: la misma consistencia de trabajo, la misma precariedad que ella.
Eso quería decir que tenía que invitarle un café para que pudiera trabajar. La puta madre.
Cuando se acercó de nuevo a él, sonaba Miranda!, así que se puso de buen humor mientras cantaba bajito “Tu profesor” y movía el ojete. Horacio le dedicó una mirada rara, hambrienta.
―¿Qué querés, amor?
―¿Q-q-qué es lo más b-b-barato?
―No te preocupes, Jáquer, que te invito yo.
―B-b-bueno, gracias ―sonrió ante el apodo. Le gustaba―. Un café, entonces. ¿T-t-tenés la clave de WiFi ?
―Está en la carta, corazón. ¿Querés que te haga compañía? Nunca vi a un jáquer en vivo. Debe ser emocionante.
―Eeeeeh… bu-bueno.
Se arrepintió bastante rápido. Era como ver a alguien escribir: aburridísimo. Además, apareció su jefe, el Pela, y se enojó con ella por no atender mejor.
―No tenemos más clientes, Oscar.
―No me tutees, y si no hay clientes tenés que estar en movimiento. No te quiero ver al pedo sentada ahí, ¿me escuchaste?
Suspiró, y se puso a fregar mesas limpias, y a sacarle brillo a un metal que ya era un espejo. Un poco lo entendía al pelado. Un poco. Estaba furioso porque el alquiler del local le costaba una fortuna, y aunque cobraba un ojo de la cara por un cafecito, apenas llegaba a cubrir los gastos. El tipo estaba acostumbrado a manejar una heladería de barrio, no un café cheto de shopping.
Pero siempre la ligaban los empleados. Rogaba que hubiera algunos clientes más, porque si perdía el laburo, no llegaban al alquiler ni mamadas. O se comían a la Gorda. Para unos cuantos asaditos daba.
Por suerte, llegó un grupito de gente. Eran varios adolescentes y jóvenes adultos, con el pelo rosa y azul, y vestidos estilo animé. Venían discutiendo la intersección entre el patriarcado y el movimiento body positive. Cuando se acercó a tomarles el pedido, una de ellas (una gordita con una pelusita bajo la nariz) le dijo.
―¡Ey, recién llegamos! Todavía no decidimos nada. ¡No nos vengas a hostigar! Cuando estemos listes para pedir, te llamamos.
No dijo “negra de mierda”, pero se le notó en el tono. Siguieron debatiendo y la ignoraron cuando les dejó los menúes. Tenía ganas de meterles miranda! al taco, pero se lo pensó mejor: necesitaban clientes, por más mierders que fueran.
En algunos momentos se podía poner muy estalinista.
Fue a seguir abrillantando cualquier cosa, y, por puro aburrimiento, volvió a preguntarle a Horacio cómo venía, y si quería algo más. Justo lo había visto hacer un gestito de festejo: algo había avanzado.
―Vencí el firewall. Ya casi estoy adentro, Mariela.
―¡Genial! ¿Necesitás algo más? ¿Un helado? ¿Una tirada de goma?
―…
―Es un chiste, que no me gusta la ricota rancia, corazón. El helado sí te lo regalo.
―Y-ya te ib… te iba a tt-ttomar la palabra.
―¡Y así es como opera el patriarcado, ¿ven?! ¡Prostituyendo a las mujeres para el favor de los hombres!
La gordita los miraba con sorna y superioridad.
―Le pido, señorita, que si no va a tomar nada no moleste a los clientes.
―Mirá, nena, vos no entendés nada porque estás alienada, pero lo que acabás de hacer es un reflejo básico de la formación patriarcal inculcada por la sociedad. La sexualización del cuerpo femenino…
―Mirá, a riesgo de que mi jefe me eche, te voy a pedir que no te metas, gurisa. Él y yo somos amigos, y nos gusta joder así. Y si no vas a pedir nada, te pido que te retires.
Horacio la miró con sorpresa. Sus ojos decían a la vez “¿somos amigos?”, “gracias” y “me friendzonaron”. Pero, como siempre, no dijo nada. Miralo vos, al troll libertario. Con un poco de higiene y ejercicio hasta podía ser atractivo. La bigotuda la miró como a un sorete en el zapato, pero consultó la carta. Era obvio que no había terminado; había quedado como una pelotuda frente a sus amigues.
Por suerte, llegaron otros clientes. Siempre pasaba igual: nadie se detenía en un lugar vacío, pero en cuanto empezaban a llenarse algunas mesas, la gente se detenía más. Una fija. Por un rato, estuvo ocupada sirviendo cafés con corazoncitos en la espuma, baguels, y croissants, la forma cheta de decirle a una medialuna casposa comprada por caja.
Horacio siguió ahí un buen rato. Le dio la impresión de que quería hablarle, pero no podía, porque la veía caminando a los pedos y con pasos cortitos. Cuando se fue su jefe, por fin se pudo sentar unos minutos. Estaba molida. Quería ducharse, sobre todas las cosas, porque olía a culo. A culo de hombre, gggg. Dudaba que en el edificio hubiera vuelto la luz.
Se sorprendió cuando se dio cuenta que Horacio se había sentado con ella, y la miraba. Bueno, le miraba las tetas chivadas, pero contaba igual.
―¿Y, Jáquer?
―Bue-bue-bueno…
―Mis ojos están arriba, corazón.
―Pe… pe… perdón.
―Te estoy jodiendo, papito. No te preocupes. Decime, ¿tenés novedades?
―Bue-bueno. Sí. Pude conectarme al servidor interno, desconectar el firewall y acceder a la computadora de Jorge Rodríguez del Casal.
―¿Y ése quién es?
―E-e-era mi jef… mi jefe. Es el gerente general de la seccional de Floresta y Villa Luro.
―¿Y cómo hiciste?
―No da explicarlo. No lo entenderías.
―Probablemente tengas razón. Te vi trabajar un rato y me aburrí de lo lindo.
―E-e-está muy rom… muy rommm… muy romantizado el tema del hackeo. Es más parecido a un laburo de oficina o de mantenimiento que otra cosa.
―Me di cuenta. Hacés changas digitales, nomás.
―¡Ja! S-s-sí. Más o m-menos. M-m-mejor pagas, eso sí.
―Mientras no inviertas en cripto…
―Bue-bue-buenoooo…
―Me olvidaba que eras un troll libertario.
Horacio sonrió, pero descartó la pulla enseguida.
―M-m-mirá: entré. Vi las c-c-cámaras internas, y v-v-varios memorandos y mails institucionales. Más allá de toda la redundancia de IAs enviándose mails a sí mismas, respondiéndose y agendando citas a las que nadie iba a ir, encontré algunas cosas p-p-preocupantes.
―¿Qué cosas?
―B-balances, i-informes y cosas así.
―¿Y entonces?
―El sistema de distribución eléctrico está a p-p-punto de colapsar. Falta de inversión y malversación de fondos, sobre todo. ¿Los subsidios? Son una casa en Punta del Este para del Casal y los demás gerentes.
―¿Y entonces?
―Va-van parcheando lo mínimo. Pero no alcanza.
―Ajá, ya sabía todo esto ¿y entonces?
―N-n-nos desprecian. Los ge-gerentes nos desprecian. La em-emp-empresa se caga en nosotros. L-l-lo único que quiere es maximizar b-beneficios para los a-a-accionistas.
―¿Y la novedad sería…?
―¡Y-y-yo no lo sabía!
―Yo no tenía la prueba, pero me lo imaginaba, querido. Era obvio. Pero bueno, al punto, ¿podemos hacer algo? Hicimos todo esto para que nos mandaran un generador. No salen baratos los cafés ni los helados acá.
―Cha-cha-charlemos cuando vayamos para casa.
―¿Venís conmigo?
―No puedo dejar a una mujer hermosa volver sola de noche.
―Vos sabés que vengo con manija, ¿no?
―S-s-sí.
El día siguiente no sería muy diferente al anterior. Ya era el tercero sin luz, y si Horacio decía la verdad, iba para largo. Mariela estaba cansada. Increíblemente cansada e irritable. Había hecho dos jornadas de trabajo, y había tenido que llegar y subir un millón de pisos, sin expectativas de bañarse.
Por suerte, las chicas se habían portado de diez. Se habían encargado de los viejos del edificio, y organizado el reparto de agua. Otra vez habían cagado todos en lo de Norma, para aprovechar la planta baja, pero también habían desviado a unos cuantos a los departamentos del primero.
―Los viejos igual tuvieron que ir en su departamento, Mary. Hay muchos en el edificio. Fue bastante difícil. Pero hay un vecino que propuso armar una bomba manual con una bicicleta vieja.
―¿Sí? ¿Quién, Chiqui?
―Rolo, el del sexto E.
―Ese es medio chamuyero, eh.
―Y, escribe. Y creo que tiene un canal en YouTube, pero lo siguen cuatro gatos locos. Si la cosa funciona, al menos deberíamos suscribirnos todos los del edificio.
―Cómo será la laguna que el chancho la cruza al trote.
―Mirá quién habla. La que se fue de cita con el troll libertario.
―Cashate, boluda.
―Igual mirá, mirá lo que hicimos.
Habían conseguido un barril de hielo, y lo habían llenado de agua. Incluso le habían calentado un poco para que se bañara a la japonesa. Quiso abrazarlas, pero estaban las tres chivadas y malhumoradas. Bueno, al menos ella.
El problema vino porque la mañana siguiente se quedó dormida. Sin el celular prendido para ahorrar batería, no había escuchado la alarma y se despertó como dos horas después de lo habitual. Ya con eso, entraba una hora tarde. La coreana la recontracagó a puteadas, le descontó el día y la obligó a trabajar igual bajo la amenaza de despido.
Y decían que los coreanos del norte eran los malos.
Por suerte, no la obligó a compensar a la tarde, así que pudo volver a Los Pelados para el turno vespertino. Pensó que se iba a encontrar con Horacio, pero no. Estaba la gordita bigotuda, que le armó un escándalo en el shopping, amenazando con hacerla echar, porque ella no sabía con quién se metía. Se tuvo que meter el pelado para frenar el conflicto… justo antes de que Mariela le encajara una piña que le iba a deformar todavía más esa nariz de chancho con sarna que tenía.
Por supuesto que cuando la mocosa se fue, el pelado la recagó a puteadas a ella también, amenazó con echarla y la criticó por su forma de vestir “provocadora”. Otro que en cualquier momento se iba a ligar un roscazo.
Horacio llegó tarde, pero llegó. Estaba sudado y sucio. No se había bañado el día anterior, y si no fuera por la ropa de marca que por alguna razón usaba, lo hubieran echado del shopping por vagabundo.
Esta vez, trajo efectivo, y pidió dos cafés y dos helados. Cosa curiosa, le quiso dar uno a ella, pero Mary lo rechazó con delicadeza.
Ya le veía los dientes, al vampiro.
Una vez más, se quedó en el local hasta que cerraba el shopping. Una vez más, verlo laburar fue aburridísimo. Y esta vez no hubo pequeños festejos. La cosa parecía más complicada que antes. Ahora no se trataba solamente de ver qué carajo pasaba, sino de tratar de colocar una tarea en la pila de trabajo de Edesur, para que los técnicos pasaran por su edificio. Cuando el día terminó, y ella, fundida, quiso volver, él la encaró de nuevo.
―N-no hubo caso. Alguien se dio cuenta de que e-entré ayer, y reforzaron la seguridad.
―¿Y no hay riesgo de que hayan descubierto quién fue?
―N-n-no creo. N-n-no dejé huellas de actividad obvias.
―¿Y usaste un VPN?
Horacio la miró con suspicacia.
―¿Qué sabés vos de VPNs, me podés decir?
―Aia. Se te fue el tartamudeo, corazón.
―¿S-s-sí?
―Ahí volvió. Nada, qué se yo. Me salen publicidades en los videos de YouTube.
―Siempre uso VPNs. No s-soy un g-g-gil.
―¿Y cómo se dieron cuenta de que entraste?
―U-u-una vez más, es largo de explicar y no lo entenderías.
Ese día parecía que Horacio estaba dulce. Volvieron en un taxi hasta Floresta, en lugar de caminar hasta Once y tomar el tren. Mariela, sin darse cuenta, se quedó dormida. Se despertó enfrente del edificio, que seguía sin luz. Tenía la cabeza apoyada en el hombro de Horacio, que estaba hecho un camarón.
Al lado del motor de agua, había una bicicleta desvencijada, las partes desparramadas por el hall central. Rolo, el vecino, estaba con el del 3F, y entre los dos seguían laburando para ver si podían hacer lo que habían planeado.
Subieron los pisos en silencio. Mary estaba demasiado agotada. Esa vez, había bastante menos agua, pero las chicas habían puesto unas luces a pila, en lugar de las velas. Le habían dejado de comer, pero estaban roncando, ya. Un sanguchito de atún y queso bastante modesto.
No tuvo muchas novedades del edificio, pero habían bajado el ritmo de colaboración, evidentemente. Igual, otra vez le habían dejado una pava con agua para bañarse.
Parecía que nadie se hubiera acordado de su cumpleaños.
El día siguiente empezó diferente. Esta vez, claro, se había acordado de cargar el celular en el shopping, así que tenía la alarma puesta. Sin embargo, sonó otra alarma: un relojito de Hello Kitty a pilas, que tenía una notita hecha con brillantina:
“FELIZ CUMPLE, AMOROSA! PERDON EL REGALO CHOTO, PERO NO TENEMOZ UN MANGO. CHIQUI Y GORDA.
Algo era algo. Desayunaron juntas y charlaron bastante. No era gran cosa, puteríos del edificio, chistes verdes, joditas acerca de la “misteriosa edad” de la Mary, alguna noticia general.
―Hacía rato que no hablábamos tanto, chicas.
―¿Vos decís? No creo.
―Puta madre, me tengo que ir, que la coreana me va a cagar a pedos.
―¿No hay forma de que te reemplace yo en ese laburo? ―dijo la Chiqui―. Ya estás con el del shopping.
―Negri, son de la secta Moon. Evangélicos pasados de rosca.
―Pero vos laburás ahí igual.
―No quiero ser mala, negri, pero…
―Parecés el cuatro de Lanús, Chiqui ―interrumpió la Gorda―. Si me seguís por una calle oscura y no te reconozco, me cambio de vereda.
―¡Mirá quién habla, Gorda! Con esas manos, deberías cortar chorizos en Mataderos, en lugar de comértelos.
Mary seguía oyendo las jodas y las risas cuando bajó las escaleras. Curiosamente, Horacio bajó con ella. Tenía su laptop en el brazo, aunque llevaba la mochila. No dijo mucho, pero (¡milagro del Señor!) le sonrió. En el hall central, a Rolo y al viejo del 3F se les habían sumado el viejito Marcelo y Ramona, que tenía un diario abajo del brazo y tenía dos llaves. No estaba tan despanzurrada la bicicleta, pero no sabía por qué, pero el piso estaba todo inundado. Norma, con cara de ojete, limpiaba el desastre.
La coreana, por supuesto, volvió a cagarla a pedos en su cocoliche. Y estaba la hija, ahí, mascando chicle y mirando el celular, con auriculares grandes con orejitas de zorro.
―Diez minutos más tardé, china de mierda ―murmuró. Esperaba que no la hubiera oído.
Pero no le sacó los ojos de encima en todo el día.
Y esta vez la hizo quedarse más para compensar. Por supuesto que llegó tarde al otro trabajo, aunque se tomó un auto. El Pelado estaba furioso: había tenido que trabajar de verdad por una vez en su vida, para cubrirla. Para peor, ¿quién había vuelto? La bigotuda. ¿No laburaba, esa pendeja? ¿De dónde sacaba la plata para ir al shopping tres días seguidos?
Como no podía ser de otra manera, la chancha rosa la estuvo hostigando en forma pasivo agresiva toda la puta jornada, pidiéndole cafés y rechazándolos por excusas pelotudas “está muy caliente” “está muy frío” “te pedí latte machiatto, ¿sabés? Y me trajiste caramel machiatto” “Este muffin está muy viejo”, y así.
Horacio vino otra vez, por supuesto. Se ve que no tenía ningún otro lugar con internet, u otros amigos con los que pasar el tiempo. Igual, fiel a su estilo, no emitió una sola palabra hasta la hora de cerrar.
―E-es hábil, el de informática de Edesur. Si tuviera mi máquina de verdad, sería otro cantar, pero tengo que arreglármelas con este vejestorio, así que por fuerza bruta no puedo entrar.
―¿Y entonces?
―M-m-mañana pruebo de nuevo. C-c-cargué el celular y la notebook, así que puedo hacer algunas subrutinas y optimizar algunos procesos hoy a la noche, p-p-para mañana con conexión estable poder entrar. N-n-no me va a vencer, este hijj… este hijo de p-puta.
―Fenomenal.
Esta vez, volvieron en tren. Se ve que el cripto había vuelto a bajar, o alguna mierda así. Mariela no estaba de humor para charlar con Horacio, y tampoco tenía de qué. Sí, podían comentar algo del edificio, pero ella quería dispersarse un poco. Entró en las redes sociales, pero estaban inundadas de quejas y memes por los cortes de luz, así que los apartó. No se quería fumar más publicidades, tampoco. Le hubiera gustado tener un libro para distraerse. Hacía rato que no leía, y antes le gustaba. No sabía por qué había dejado de leer.
Con ojos muertos, oyó a Horacio comentar sobre el cripto, y sobre redes y chatbots y la mar en coche.
―Ajá ―fue su respuesta mayoritaria. A veces, mechaba un―. Mirá vos ―y el otro seguía y seguía. ¿Tartamudeaba menos? No lo oía demasiado atenta, así que…
Cuando pasaron por Flores, vieron fuego en una calle. Los vecinos parecía que la habían cortado, y se escuchaban gritos y cacerolas. Cuando llegaron a Floresta, el barrio seguía sin electricidad. Sin embargo, en las ventanas del edificio parecían tener algunas luces prendidas. Y en la terraza había algo raro, pero no se alcanzaba a ver.
En el hall central, estaba la bicicleta, ya fija al lado de la bomba. No había nadie ahí.
Subieron los pisos iluminándose con las linternas a pila. Horacio, antes de entrar, la abrazó. Fue incómodo y oloroso, pero le dijo:
―Feliz cumpleaños.
Y le dio un regalo. Unas entradas para ver a Miranda!.
Cuando subió a su casa, las chicas no estaban, pero le habían dejado una de las lamparitas prendidas, y una nota que decía “SUBI A LA TERRAZA”
Esta vez no había pava con agua caliente para bañarse, ni el bidón azul. Furiosa, subió los pisos que le quedaban… y quedó maravillada.
Una pelopincho. Llena.
La Gorda y al Chiqui, en bikini y adentro de la pileta, le gritaron:
―¡SORPRESAAAAAA!
La vieja Mercedes estaba ahí, con una torta de cumpleaños con el número 25, y había varies de sus amigues con cervezas heladas. El tonel, lleno de hielo. Sanguchitos de miga caseros (de berenjena al escabeche, sin ir más lejos). Y una malla nueva de dos piezas. La tanga, eso sí, era un poquitín reveladora. Sobre todo si no estaba depilada.
―Andá a cambiarte, boluda ―dijo la Gorda―. Ah, y si querés una ducha, podés, también. Funcionó la bomba analógica.
―La idea de Rolo era buena, aunque no su diagrama… ni su mano de obra ―colaboró la Chiqui―. Pero entre varios lograron descular cómo hacerla. Nos estuvimos turnando entre los vecinos toda la tarde.
―Hay que cuidar el agua, eso sí ―colaboró Mercedes―, pero llenamos la pileta para que los nenes pudieran sacarse el calor. Los adultos la pueden usar, pero cuando no estén los chiquitos. Y te hice una torta, querida. Espero que te guste.
―¿Y usted no se va a meter, Mercedes?
―¡Ay, no querida!
―Vamos, Merce ―dijo la Gorda―. ¿Quién no va a querer ver ese cuerpazo?
Décadas después, la Mary recordaría ese como el mejor cumpleaños de su vida.
Claro que los problemas no se habían terminado. Al día siguiente, se despertó con resaca. Se pegó una ducha caliente (que en seguida pasó a fría), y salió al trabajo. La coreana seguía suspicaz, y dejó a la hija para controlarla. La gurisa era bastante boluda, igual, y se quedó con el celular todo el día, pero prestó atención cuando usó la caja. No le dirigió una sola palabra.
Pero ya se olía el despido.
Y sin indemnización, claro. ¡Gracias, Horacio! ¡Gracias, Mercedes!
Furiosa, se fue antes, y se llevó cuatro latitas de Monster y dos de cerveza para el camino. No pensaba pagarlas, y más le valía a la china hija de puta que cambiaran el candado, porque si no iba a venir la señora Elsa. ¿Cuál señora Elsa? La de apellido Queo.
La ciudad, por otro lado, era un caos. Los cortes de calle y la policía estaban por todos lados, mientras algunos camiones raros andaban de acá para allá. El tren se demoró, pero por suerte se había ido temprano.
El pelado estaba esperándola. Lo mismo que la chanchita, que tenía un delantal de Los Pelados puesto.
Horacio no estaba, de hecho. Raro, porque no sabía en qué había quedado todo.
El Pelado le habló.
―Bueno, Mary, ¿o debería decir Mario?
―Mariela.
―Bueno, Mario. Te comento. Desde que fundamos la heladería Los Pelados, esto siempre se atendió con dignidad, respeto, y unión, ¿me entendés? Y la gente tiene quejas. La gente viene y me dice que vos atendés mal, ¿me entendés? Y encima mirás así… ¡ni me mirás!
―¿Cómo?
―¡Ni me mirás! ¡Me tenés repodrido con esa actitud, Mario!
―Mariela.
―¡Y encima ni siquiera me decís tu nombre real! ¡Viniste a mentirme desde el minuto uno! ¿Cómo te voy a confiar un puesto de tan alta responsabilidad, si ni siquiera sé cómo te llamás?
―Me llamo Mariela. Está en mi DNI. Mirá.
―Me chupa un huevo lo que esté en tu DNI. ¡Vos sos un tipo! ¡Y te hacés pasar por mina! ¡Menos mal que esas pelotudeces progres se van a acabar!
La chanchita rosa se reía bajito, y la miraba con gozo.
―Ajá. ¿Así que me vas a echar?
―¡Sí! Podría haber dejado pasar esto, eh. Podría haberlo dejado pasar. Pero, encima, te aprovechás de mi confianza y le regalás helados a tus amigos, y les ofrecés favores sexuales acá. ¡Esto no es un cabaret, Mario! ¡Si querés chupar pijas, andá a los Bosques de Palermo! ¡Esto es una heladería familiar!
―Es una cafetería, pelado.
―¿¿Cómo me decís??
―Que es una cafetería. Y que yo pagué de mi bolsillo lo que consumió Horacio el otro día, nadie te pidió nada, ni te robé nada.
―¿Y cómo puedo confiar en vos, si ni siquiera sé tu nombre?
―Mariela. Te dije que me llamo Mariela, Oscar.
―Llamate como te quieras llamar. Pero acá, no laburás más.
―¿Y mi indemnización? ¿Y mi preaviso?
―Llamá a tus abogados, si podés, ¡ja,ja!
Mariela se dio vuelta. Quiso decirle de todo, pero no lo hizo. Una vez más como la Gorda, como la Chiqui. No tenía ni puta idea de cómo pagar el alquiler el mes que viene. Le entraron ganas de llorar.
Alguien le tocó el hombro.
―Te dije que no sabías con quién te metías.
La seccional del Abasto tenía corriente, pero no aire acondicionado. Como no se resistió al arresto, la llevaron esposada, pero no la tiraron en una celda inmediatamente. La tuvieron esperando en un banco mientras le tomaban los datos, junto con otros detenidos.
―Mariela… Fernández. ¿No?
―Sí.
―Bueno, conforme al artículo 153 del código penal, le informo que está acusada de lesiones menos graves hacia la persona Nymeria Rodríguez del Casal, con posible aumento a lesiones graves, a determinar por el perito médico. Esto ya fue informado de oficio a la fiscalía, que espera que…
―¿Qué es ese quilombo?
Por la puerta, el sonido de patrulleros, periodistas, policías, abogados y la mar en coche. Los primeros en entrar fueron dos mobileros de Crónica… siempre junto al pueblo. El quilombo fue de órdago. Los flashes, las cámaras, las luces… Una locura de gente.
Afuera, cánticos. Muchos, muchos cánticos. El que más se repetía era:
Borombombón, borombombóm
¡Para el Horacio, Liberación!
Y de pronto, lo vio. Esposado, sonriente, cara de choclo con salsa golf, sin decir una sola palabra. Con todo el quilombo que había, lo sentaron en el banquito, mientras los policías y periodistas daban vueltas alrededor suyo.
―¿Y vos qué hacés acá?
―Me-me agarraron. Pe-pero lo logré. N-nos van a instalar p-placas solares en el edificio. D-de hecho, en to- en todos los edificios altos de F-Floresta.
―¡Bien! Pero parece que no lo vamos a disfrutar por un tiempo, ¿no?
Recién ahí Horacio salió de su ensimismamiento, y el kétchup volvió al choclo.
―P-p-pero vos, ¿qué hacés acá, Mariela?
―Lesiones graves. Le rompí la jeta a la gordita lechosa de Los Pelados, y le partí una taza en la nuca a Oscar cuando se metió.
―¡Ay, no! ¿Qué pasó?
―No importa. No sé qué te van a hacer a vos, ¿cómo te agarraron?
―S-s-se dieron cuenta que pedí primero paneles solares para nuestro edificio. Y… me desvié una parte de los fondos ilícitos de Rodríguez del Casal para pagar los alquileres de los vecinos.
―Pero boludo, ¡te van a meter en cana como mil años!
―N-n-no. No, porque también publiqué c-con mis bots en qué se gastaban la guita en Edesur y con q-q-qué se pajeaba el boludo ese. Comparado con él, n-n-no creo que lo que hice sea tan grave.
―Uff. Si te voy a tener que bancar mucho tiempo, por lo menos jaqueá a Infrastructura para que nos pongan aire acondicionado en la cárcel.
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(Todavía no... paciencia)