Algunas consideraciones sobre el arte y la cultura

Resulta intuitivo para la mayoría de las personas que el arte es una parte esencial de la experiencia humana. Es algo que aparece en forma autónoma en todo grupo humano, no importa qué tan aislado esté de los demás, por lo que resulta altamente improbable que resulte desde meramente un “contagio” de otros grupos humanos (aunque es cierto que es virtualmente desconocido un grupo humano enteramente aislado de los demás).

Desde un punto de vista antropológico, aunque quizá un poco reduccionista, podemos entender que los seres humanos tenemos cuatro categorías de necesidades básicas: alimento, protección, inteligencia y cultura. Definámoslas para entendernos: 

-          El alimento es la más obvia de las categorías. Incluye la comida y la bebida, el sustento energético necesario para mantener las funciones biológicas. Pero podríamos incluir también la necesidad del sueño, o la mera reproducción biológica.

-          La protección resulta moderadamente obvia, pero como categoría amplia implica la vestimenta para protegerse de los elementos, remedios para curar las enfermedades, el techo para cobijarse, la protección contra animales silvestres u otras criaturas humanas. En definitiva, la protección contra la agresión externa a lo meramente biológico.

-          La inteligencia es, en esencia, la manera en la cual el ser humano media con la naturaleza a su alrededor, y las herramientas que utiliza para asegurar su protección y su sustento, entre otras cosas. El ser humano es un constructor de herramientas, no opera simplemente en forma directa con el mundo: utiliza una tijera para cortarse el pelo, una escalera para llegar más alto, el fuego para cocinar la comida y purificar el agua. En definitiva, la inteligencia es la ciencia, la educación y la tecnología, así como la industria, y muchos otros etcéteras. 

-          La cultura es la necesidad menos obvia, y muchas veces la peor definida (aunque existen numerosísimos tomos tratando de hacerlo). Es a la que nos vamos a referir ahora, en un intento de aunar criterios y tener una base sobre la cual discutir.

Para definir cultura, tenemos que entender en principio que el ser humano es un ser social. No nos tratamos, como creen los liberales, de individuos aislados que llegan libremente al mundo y se autosustentan y desde ahí se comunican. No somos cocodrilos ni peces, no nacemos de un huevo: nacemos de una madre, que nos pare y nos da la teta hasta que crecemos lo suficiente para comer. Tenemos una familia que nos cuida, nos cría y nos alimenta hasta que nosotros podemos hacer lo mismo y colaborar con la comunidad, y naturalmente tenemos empatía hacia otros seres vivos, incluso cuando ellos no la tengan con nosotros. 

En este sentido, nos parecemos a los otros mamíferos placentarios, pero mientras que el oso o el puma viven solos, el ser humano, al igual que los demás primates, que los lobos, que los leones, y que los delfines, vive en comunidad. El ser humano es comparativamente débil frente a otros mamíferos, considerando nuestro tamaño, y tiene una infancia muy prolongada para que el cerebro se desarrolle plenamente. Necesitamos colaborar con otros para conseguir resolver nuestras necesidades biológicas: un toro mata a una persona, pero ante diez juntas, es asado. Primero existe la comunidad, luego el individuo puede desarrollarse.

Hay aquí un punto interesante que diferencia a los humanos de la mayoría de los animales sociales: los seres humanos formamos comunidades más allá de la familia. Los lobos, por ejemplo, forman manadas donde los líderes son los padres, y el resto de los miembros son simplemente los hijos. Las manadas de animales se reconocen por el olor. A aquellos que no forman parte de la manada se los mira con abierta hostilidad: no hace falta más que ver cómo se llevan los perros del mismo sexo entre sí si no hay intermediación humana. Los seres humanos, sin embargo, no funcionamos de la misma manera. 

El ejemplo que se suele dar es un aeropuerto: pongan a la misma cantidad de chimpancés desconocidos entre sí en un espacio semejante, y la pelea es inevitable. Los seres humanos no nos conectamos con los demás por la sangre, sino por la cultura y la experiencia compartidas. Nos reconocemos por símbolos comunes, y tendemos a colaborar con otros seres humanos con muchísima facilidad.

Esto es así en todos los órdenes de la experiencia humana. Ahora bien, es necesario alguna herramienta para reconocer a aquellos de nuestro grupo. Algo que nos conecte y que nos dé un sentido común, un imaginario colectivo que nos permita interactuar más allá del lazo de sangre. Aquí entra lo que daremos en llamar la función simbólica: se trata de aquellos principios, valores y símbolos que nos permiten reconocer al otro como un par y no como un potencial enemigo o rival. Son estos símbolos los que nos permiten forjar amistades, parejas y vínculos sociales.

Ahora bien, estos símbolos son múltiples, tan amplios como culturas que existen en los cientos de miles de años desde el primer hombre. Algunos de los más comunes son los mitos, relatos cosmológicos y creencias que dan un sentido a la comunidad, pero también la música, el rito religioso, las imágenes, el baile, y el humor. Cada comunidad crea sus propios símbolos, y los nuclea en base a sus características particulares. Y dentro de esta diversidad entran tanto los memes como los símbolos religiosos. Pueden ser reverentes o irreverentes, y se clasifican jerárquicamente: no todos los símbolos son igual de importantes.

Ahora bien, las comunidades, por su propia naturaleza, no son estáticas ni están cerradas. La gente nace, la gente muere, y los símbolos se resignifican y cambian con el paso del tiempo. Y la organización de la comunidad debe estar permanentemente creando nuevos símbolos, enriqueciendo la discusión cultural y el imaginario colectivo. Siguen la misma lógica del lenguaje, porque en definitiva son un lenguaje. Las referencias comunes permiten reconocernos, conversar y evolucionar con el tiempo. Sin símbolos comunes, sin su cultura, las sociedades se caen y disgregan. No necesariamente mueren los individuos, pero sí aquello que los une. 

En este sentido, una primera definición de cultura sería aquello que unifica a una comunidad: una forma de hacer las cosas, de ver e interpretar la realidad y de operar sobre ella. Forma un nivel adicional sobre la realidad: la cultura es una modalidad que media entre la persona y la realidad. Por proponer un ejemplo: como animales, necesitamos comer. Sin embargo, un chino come chau-fan, un yanqui cena una hamburguesa a las seis de la tarde, y un argentino se come un asado a las once de la noche. En este sentido, la comunidad establece la forma básica en la cual se resuelven las necesidades a través de la cultura. Ahora bien, la cultura en su totalidad nunca puede ser universal, porque la misma naturaleza humana establece formas diversas de hacer las cosas, a menos que se aplasten las culturas que ya existen.

Sin embargo, entendemos que no todos los elementos de la cultura son igualmente relevantes. Como la cultura es una manera de hacer las cosas de una comunidad, es demasiado amplio para el arte. El horario de la cena, por ejemplo, no reviste mayor relevancia simbólica, pero un rito religioso sí.

En este sentido, cabe separar una parte esencial de la cultura, que es aquella que no está directamente relacionada con la satisfacción de las necesidades biológicas básicas[1], sino con aquellas de orden superior como la interacción social. Por poner un ejemplo: cantar una canción no produce en sí mismo un alimento, aunque puede funcionar como vehículo para el trabajo conjunto para producirlo. El arte tiene así una función social: vincular a la comunidad a través de símbolos específicos que la representen. No es mera expresión individual: es un vehículo para la comunicación entre personas, un generador de identidad social.

En este sentido, el arte no se concreta hasta que conecta, hasta que funciona como puente en una comunidad. Un artista exitoso será aquel que logre comunicar la mayor cantidad de cosas a la mayoría de los miembros de una comunidad, que logre expresar el sentir de la comunidad por encima del sentir individual, y hacer que ese sentir se impregne en forma muy personal en cada uno de los miembros. 

Cómo se construye el símbolo artístico

Algo que cabe la pena aclarar es que, como elemento simbólico de comunicación, el arte tiene significante y significado, categorías elaboradas por Saussure para la explicación del símbolo lingüístico pero que tienen relevancia para todo símbolo humano. En breve, un significante es la forma material del signo, aquello que debe ser interpretado (por ejemplo, un dibujo); por otro lado, el significado es aquello a lo que el símbolo hace referencia: una idea, un concepto, una imagen mental. En este sentido, para que el símbolo sea efectivo, debe haber una transferencia desde lo material hasta lo mental. Propongamos un ejemplo concreto, para que esto quede más claro: el logotipo de Amargo Obrero.


Es evidente que está simbólicamente muy cargado. La bebida misma es culturalmente significativa, ya que su historia está vinculada con la del movimiento obrero organizado en Argentina. Existen innumerables elementos en la etiqueta, que podemos ir desgranando uno por uno:

-Las letras serifadas en una banda roja y negra; estos colores son los del anarcosindicalismo (y del sindicalismo en general), combinándolos con la palabra obrero como significante pleno. Carga un peso simbólico asociado a los movimientos obreros organizados en forma muy clara.

-El centro de la escena está dominado por una mano en alto, con una hoz y un haz de trigo, símbolo del trabajo agrario y plenamente vinculado con los movimientos comunistas a lo largo del mundo entero.

-Detrás de la mano, también en el centro, el sol naciente, con los rayos fundiéndose con el haz de trigo, un símbolo propio de América del Sur y especialmente de Argentina, con innumerables interpretaciones, todas ellas positivas.

-Hacia el costado izquierdo, podemos contemplar imágenes urbanas y fábricas, con banderas argentinas y chimeneas humeantes, engranajes, un yunque y un martillo, haciendo referencia al obrero industrial y al mundo de la producción. También vemos dos camiones, símbolo de la logística contemporánea. Las banderas argentinas no precisan mayor explicación, pero el edificio en el que están puede entenderse como un edificio público: una escuela.

-Hacia la derecha, vemos a un hombre trabajando el campo con dos caballos en primer plano, junto a otro haz de paja. Representantes del trabajo agrario y el peón rural. Asimismo, atrás se ven galpones, silos y pozos petroleros, representaciones de lo necesario para que la industria funcione.

-Debajo de él, una banda que dice “El aperitivo del pueblo argentino”. De nuevo, nos encontramos ante un significante pleno, directo, pero que contiene un nivel más profundo: ¿Qué es el pueblo argentino? Una pregunta que se responde con el conjunto del logotipo: el pueblo es la clase trabajadora, nucleada en sindicatos, tanto urbana como rural, conviviendo en armonía. La simbología comunista/sindicalista excluye de base a una clase oligárquica. El pueblo es la gente trabajadora.

Todos estos significados no están ocultos ni requieren mayor explicación para comunicar a nivel intuitivo. Evidentemente, se puede interpretar y explicar, pero el significante no deja lugar a la especulación ociosa. Es polisémico sin resultar vago, es simbólico, pero con símbolos fáciles de interpretar; es figurativo. El significante es extremadamente eficiente, fácil de leer, y por ello, potente. Hay algunos elementos más específicos, como los colores anarcosindicalistas, que requieren algún conocimiento previo, pero todo lo demás es evidente. Y esto, además, no es parte de un museo: se trata de un trago popular, asociado al peronismo y al movimiento obrero organizado desde hace más de un siglo. Es decir, es vehículo de un consumo social, cultural en el sentido amplio del término. Y funciona: se posicionó como un trago popular, obrero y peronista, aunque preceda al movimiento en más de cincuenta años. Tomar un amargo obrero es un consumo simbólico, a la vez que un elemento económico como parte de la industria.

Conclusiones

La cultura es un elemento inseparable del ser humano. Es lo que nos permite interactuar con el mundo a través de los lentes de la comunidad, que es la que nos nutre y nos contiene. Es una necesidad básica del ser humano, ya que es de la comunidad de donde sale la inteligencia, y esta la que posibilita la satisfacción de las necesidades biológicas. El arte, en este sentido, no es un actor menor, ya que es el que posibilita la comunicación de los principios y valores de una cultura. Es el arte la expresión simbólica de la cultura. 

Ahora bien, quienes lo producen son también seres humanos, y el arte requiere un esfuerzo, al menos en la codificación de un lenguaje simbólico accesible a los miembros de una comunidad. Es decir, son seres humanos que también tienen las mismas necesidades que los demás seres humanos (alimentos, protección, inteligencia, cultura), y no deben ser abandonados a su suerte ni debe ser su rol desconocido como un trabajo. Tienen un lugar más que importante en la comunidad, ya que son los facilitadores de la misma, y su trabajo debe ser reconocido como tal. 

Con esto no queremos decir que sea más importante que los demás, sino que es igual de importante, esencial para articular los demás ámbitos de la vida comunitaria. Desconocer el trabajo artístico es no entender qué es el arte, desfinanciarlo es una condena al estancamiento y la disgregación social; atacar a los artistas es atacar al conjunto de los trabajadores. No reconocer el arte como un trabajo es no reconocerlo como una necesidad, y ligarlo a un divertimento ocioso de una clase privilegiada, negándole la posibilidad de compartirlo al pueblo en su conjunto.

Debemos reconocer el trabajo artístico. Debemos reconocer a aquellos que lo atacan como enemigos de la comunidad organizada. Debemos ver a aquellos que se encierran en torres de marfil como meros cómplices de un poder que necesita alguna excusa para justificar su dominio, que le cierran la puerta a la posibilidad de compartir símbolos al pueblo y que le niegan a las personas un derecho básico, una necesidad humana: la de una cultura que se renueva.

Esteban Ruquet, 25/1/2024

 


[1] Aunque esto se puede discutir. La necesidad de comunidad es, para el ser humano, un imperativo biológico por las razones antedichas.