El fin de la postmodernidad
La postmodernidad es, en pocas palabras, la estética del capitalismo tardío. Esto no quiere decir que haya arrancado necesariamente desde la caída de la Unión Soviética, pero sin duda fue en ese momento donde tomó predominio absoluto sobre Occidente.
Podemos encontrar exponentes más tempranos, claro. Está en la base de la academia francesa, sobre todo en el postestructuralismo de pensadores como Barthes (“La muerte del autor”), Foucault (cualquier obra vale) y, sobre todo, Derrida (“Esta extraña institución llamada literatura”, y su análisis desangelado sobre Henry James). Pero también está implícito en un autor argentino como Borges, quien fuera tomado por dichos autores como fuente básica. Los juegos del lenguaje, las referencias cruzadas, oscuras, los metatextos y el lenguaje críptico son señas de identidad clara de una estética común, lavada, crítica y profundamente cínica, al punto del nihilismo conceptual, pero alto formalismo.
Siendo reduccionistas (pero ¡a la mierda con los matices!), podemos decir que la postmodernidad fue un período de transición entre varios modelos sociales o períodos históricos. Nace del desencanto de los relatos modernos, y la crítica a sus limitaciones históricas.
También de la CIA, por supuesto.
Se ha discutido el patrocinio de autores como Foucault por parte del servicio de inteligencia yanqui para alejar a la izquierda occidental de cualquier tipo de crítica a las condiciones materiales del capitalismo, para llevarla a una crítica mucho más individualista e inofensiva que, de paso, le diera armas y justificaciones contra el mundo oriental. Por supuesto que conviene la crítica al sistema sexual que hacen Judith Butler o Michel Foucault, si necesitamos alguna clase de ariete intelectual contra el Islam (sin importar que Irán reconoce a la gente transgénero aunque castigue la homosexualidad). También es sencillo luego desautorizar luego al pelado desde un punto de vista moral (su suscripción a la despenalización de la pedofilia es, como mínimo, cuestionable). Foucault y la academia francesa son blancos fáciles, y lo suficientemente crípticos como para interpretarlos de cualquier forma. Son el perfecto hombre de paja de la “izquierda radical”.
Además, ¿no es esa forma caprichosa de interpretación sugerida por textos como “La muerte del autor”, de Barthes?
Claro que sí. Según esta óptica, no importa el mensaje original del autor, lo que importa son las interpretaciones, y la del autor es una más entre otras muchas. Luego me dirán: no es lo que Barthes quiso decir. Y yo diré: no me importa lo que Barthes quiso decir, la suya es una interpretación más entre otras muchas posibles.
Más allá de esto, es importante decir que el período postmoderno no carece de autores extraordinarios. La estética de la postmodernidad nos ha dado obras del calibre de The Sandman, de Neil Gaiman; “La biblioteca de Babel”, de Borges; La trilogía de Nueva York de Paul Auster; Matrix, de las hermanas Wachowski, y toda la filmografía de Tarantino. Hay más, muchísimo más. Tanto que no alcanzaría una vida para nombrar la cantidad de obras extraordinarias, y no estoy siendo ni metafórico ni hiperbólico; en buena medida, la postmodernidad se aupó a unos medios de comunicación ni soñados por Gutenberg, a una producción masiva que hubiera dejado atónito a Walter Benjamin y a una expansión del capitalismo que hubiera roto el espíritu a Marx y Lenin: Internet.
Es posible decir que Internet ya estaba previsto con anterioridad. Después de todo, una red de computadoras interconectadas no es un concepto tan extraño toda vez que existen:
a) Redes de comunicación mundiales
b) Computadoras
A+B = Internet.
Es raro que no haya aparecido antes, en realidad. Pero que había previsiones literarias, las había. Una de las más usuales es la ya mencionada “Biblioteca de Babel”, de Borges. Ahí se encuentran todos los textos posibles en su infinita variedad, aunque no se inventó todavía un Google. También podemos encontrar un paralelismo de las redes sociales en el concepto de “la familia” en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y se prevé empresas de compras digitales como Mercado Libre y Amazon en Modelo argentino para el proyecto nacional de Juan Domingo Perón.
Pero la mejor previsión quizá la haya hecho Murray Leinster, en 1946, con el cuento “Un lógico llamado Joe”, en el que se describe un mecanismo de “lógicos” (computadoras) conectadas entre sí y en cada casa, y el advenimiento de un sosías de ChatGPT, el susodicho Joe. Incluso describe porqué se lo debe matar, y no se trata de un apocalipsis tipo Skynet. Léanlo. Está bueno.
Volviendo al punto: Internet posibilitó la creación, distribución y difusión de autores y obras de todo el mundo, justo cuando comenzaba el apogeo de la postmodernidad. Y, como en una buena distopía cyberpunk, las corporaciones se apropiaron de las parcelas digitales y nos arrinconaron en su infinito Once digital[1]. Pero esto no impidió que un montón de obras de enorme calidad surjan y aparezcan casi de la nada en todas partes del mundo. Blogs, páginas web, foros, contactos editoriales, y diez mil herramientas más que permiten que se cree arte del mejor, incluso en esa época degradada[2].
Sin embargo, la postmodernidad está terminando. O, mejor dicho, ya terminó. ¿Qué la va a reemplazar? Nadie lo sabe. Mucho se habló del movimiento de nueva sinceridad, embanderado sobre todo por David Foster Wallace, o de la transmodernidad de Enrique Dussel, pero no creo que ninguno haya sido suficiente para cancelar el período. Cuando Borges apareció, la modernidad seguía vivita y coleando; Foucault y Barthes escribieron abanderados en el Mayo Francés; pero todos coincidimos que el texto inaugural de la época postmoderna fue El fin de la historia, de Francis Fukuyama. Es el texto que pone fin a la modernidad, tras el colapso civilizatorio y humanitario que fue la caída de la Unión Soviética[3].
No, los movimientos históricos no terminan cuando aparece un emergente. Terminan por circunstancias históricas concretas que marcan una ruptura en las formas concretas de vida y su reflejo en la percepción cultural. Terminan cuando la hegemonía es reemplazada por el emergente, que establece una nueva hegemonía.
Entonces, ¿qué fecha le ponemos a la muerte de la postmodernidad?
Mi propuesta es, obviamente, el 2020, el año de la pandemia.
Algo ya se veía de antemano, claro. La caída de las Torres Gemelas puso en crisis la hegemonía de los EEUU a nivel mundial. El Gran País del Norte se mostró vulnerable, pero, como un perro rabioso, mordió todo lo que se le puso a tiro. Luego, Afganistán probó una vez más ser la tumba de los Imperios. Luego, la destrucción de Libia demostró que Occidente nunca invade para mejorar ni liberar, sino para desplomar al país con mejor estándar de vida de todo un continente y apropiarse de sus recursos. La crisis del 2008 rompió el mito de la economía occidental, y puso en evidencia que los Estados están prontos al rescate del ineficiente sistema económico capitalista. Pero el rescate se lo fumaron, y los fondos de inversión generaron la mayor crisis habitacional de la historia de la humanidad[4].
Pero fue la pandemia la que cambió del todo la forma en la que vivimos. Demostró que los juegos de lenguaje, que las referencias meta, y que los malabarismos financieros no solucionan pandemias. Que sin importar el relato, si tu vieja se muere de un bicho, se murió y ya fue. Fuimos entonces dolorosamente conscientes que eufemismos como postverdad no son más que una forma elegante de decir mentiras, lisa y llanamente.
Cambió desde entonces la economía: la economía de plataformas precarizó el trabajo asalariado, haciéndolo retroceder más de un siglo y medio, a épocas previas a los sindicatos. La desregulación de los alquileres y la propiedad dejó ingentes cantidades de personas en la calle, incapaces no ya de tener vivienda propia, sino de alquilar. Las IA precarizaron todavía más al enorme grupo ya muy vulnerable de los trabajadores de la cultura y los changarines digitales.
Cambió la forma de relacionarnos con otros: ya no es la presencialidad el modo por defecto, sino que está transitada por una simultaneidad con lo digital. La gente hasta dejó de cojer, porque ya no sabe relacionarse con otros. La individualidad prima por sobre la comunidad, al menos en este primer momento, aunque hay movimientos de resistencia bien establecidos.
Cambió la educación: La escuela dejó de ser un espacio de conocimiento y se transformó fundamentalmente en un espacio de contención y encuentro. El docente opera más como trabajador social, psicólogo y niñero que como difusor y evaluador de conocimientos. La educación también perdió valor, porque ya no asegura un trabajo o una estabilidad económica.
Cambió la psique: nos encontramos, desde 2012 pero especialmente desde 2020 con un colapso mundial en la salud mental, un aumento en la obesidad sin precedentes, la reducción sin parangón de los círculos de amigos, el aumento de los suicidios y las muertes por desesperación, y una sensación de soledad que nos hace pensar que estamos rotos.
Cambió la política: el viejo republicanismo liberal, con sus elecciones intrascendentes y de diferencias de gestión, dio paso a los populismos de derecha e izquierda (sobre todo los primeros). El cinismo desaparece como valor: la gente precisa creer en algo, necesita una novedad y una promesa, aunque le esté pifiando al cómo.
Pero, sobre todo, cambió la forma de la cultura: la televisión es una reliquia, como la radio o el cine, mientras que la gente ve o escucha streaming, un híbrido entre ambos. La lectura se volvió difusa y es menos popular que nunca, aunque, de nuevo, la gente todavía lee y escribe (y mucho).
Un cambio radical que se dio en la cultura es la búsqueda de una nueva fe. El cinismo neoliberal dio paso a nuevas formas de espiritualidad, a nuevas búsquedas trascendentes, a concurrencia récord a eventos religiosos y espirituales, a líderes chauvinistas y proféticos. Pero hasta la cultura popular está cambiando. El 2020 es considerado, por la mayoría, como el fin del UCM[5]; las películas de Marvel eran ya excesivamente metarreferenciales, los enemigos meros reflejos del héroe, y los multiversos, juegos de espejos donde todo era confuso y nada cambiaba. El progresismo postmoderno como muleta narrativa, también, tuvo un amplio rechazo popular. Pero el cinismo de Marvel fue dando paso a otras cosas. De su riñón salió un tipo como James Gunn, quien volvió a la sinceridad como valor básico, sin renunciar al juego.
Para ir terminado, sería bueno ver qué cosas se proponen como alternativas. Un reflejo básico de esto son dos producciones diferentes, de gran acogida crítica y de público, aunque dudosas en sus ganancias comerciales: Andor, de Tony Gilroy, y Superman, de James Gunn.
El primero es una exploración de la política profunda, del daño del fascismo, de los límites del cinismo, y de la recuperación del espíritu de lucha. Habla de genocidios, de deportaciones, de esclavitud y arbitrariedad penal, de tecnología puesta al servicio de la vigilancia y el control social. Todo esto, desde el marco conceptual de Star Wars, una saga de películas y series gobernadas por Disney y sus ejecutivos, cuyas consignas fracasaron una y otra vez, incluso cuando los productos iniciales recibieron una buena acogida. Andor nos habla de cómo usar las herramientas del enemigo en su contra, y tiene un mensaje claramente antifascista y antigenocida, en una época en el cual estos conceptos parecen ganar momentum.
Superman fue una sorpresa. Una lectura muy cómica y coherente de la sociedad actual, cínica y furiosa. Esta época está encarnada por dos personajes muy distintos, pero que se leen en clave cultural postmoderna: La primera, Lois Lane, una periodista muy profesional, inquisitiva y cínica, pero capaz de reconocer las causas valiosas, actuar y mejorar el mundo, abandonando el cinismo.
La segunda es Lex Luthor, el Tech Bro definitivo, una burla feroz a Elon Musk, Peter Thiel, Mark Zuckerberg, Sam Altman y toda la caterva de inadaptados sociales con más poder de fuego que países enteros. Estos sujetos no están condicionados por ningún Estado nacional, porque dominan al más poderoso de todos, y son capaces de hacerlos trabajar para ellos. Quien esté en su camino será literalmente aplastado. Por supuesto, su hybris es peligrosísima, y sus planes son bastante ridículos y demasiado enrevesados para objetivos relativamente sencillos de cumplir. Claro que Luthor no se puede comparar con Musk y Thiel: él sí es inteligente de verdad, aunque sobreestime (y mucho) sus capacidades intelectuales. Los otros son meros arribistas, y se apropian del trabajo y la inteligencia de otros. Meros vendedores de aceite de serpiente, montados sobre empresas gigantescas que devoran la economía mundial. Por supuesto, Luthor no se puede salvar, aunque a Superman le gustaría poder hacerlo. Sus crímenes son excesivos.
Estos textos suponen un cambio de paradigma. Suponen una lógica diferente, la búsqueda de una nueva ideología, quizá más simple, quizá no. Buscan ser el emergente que se superponga a la hegemonía capitalista o tecnofeudal. Se alejan del cinismo postmoderno y del realismo capitalista, y proponen una alternativa. ¿Es válida? No lo sabemos, pero nos hablan de cómo el cinismo, la ironía y la crítica matizada hasta el infinito no son más que fases, más bien cortas, entre períodos históricos mucho más interesantes. Períodos en los que la gente quiere creer en algo, y supone que debe luchar para conseguirlo.
¿Lo que viene es mejor? Quién sabe. Quizá todavía estemos a tiempo de encaminarnos a un futuro mejor. Pero, lo que es definitivamente cierto, es que la postmodernidad terminó. Y, como dicen los yanquis, good riddance.
Esteban Ruquet, Enero de 2026
[1] Tal y como había previsto Jay Leibolg en el muy poco apreciado El regreso del ninjaborg, el mundo se reduce y privatiza para que tengamos que depender del digital para vivir con un poco de espacio.
[2] Cuánto de esto sobrevivirá al advenimiento de las inteligencias artificiales, es dudoso. Buena parte de internet tenía una economía que dependía de las páginas como consulta; Google era el índice de un libro inmenso. ChatGPT, el escritor medio menso en el que todo el mundo confía, pero que no permite que veas nada más que lo que decide mostrarte.
[3] Es curioso cómo se vio desde Occidente tanto este fenómeno como la disgregación de Yugoslavia (y la destrucción de Libia e Irak) como procesos de liberación, cuando en realidad se pareció mucho más a una catástrofe apocalíptica para las sociedades que las vivieron. Pero el capitalismo solo ve apocalipsis cuando es su sistema el que se rompe, por más que lo reemplace algo mejor. Aunque, si Varoufakis tiene razón, lo que viene es mucho, mucho peor.
[4] Ya vamos a hablar de eso.
[5] Universo cinematográfico de Marvel.