Hombres. Vulnerabilidad y comunidad

Hace rato que vengo proyectando hacer un video en YouTube. No tengo muy claro por qué, realmente, porque es poco o nada probable que alguien como yo, que no lo va a hacer en inglés, que maneja mal las redes sociales y claramente no tiene la habilidad de la edición de videos ni el presupuesto para un equipo decente, tenga la mínima posibilidad de éxito. Y digo éxito en un sentido muy concreto: la capacidad de ser escuchado o leído, que en YouTube se mide en visitas y likes. Digámoslo en forma concreta: no tengo madera de YouTuber.

Sin embargo, lo que me impulsó a escribir el ensayo con esperanzas de que alguien lo vea fue relativamente fortuito: un accidente menor en moto.

Fue bastante menor. Venía de tener una “charla muy especial” con mi hijo de cinco años. Una charla acerca del consentimiento sexual, acerca de cómo nacen los bebés, etcétera. No fue inmotivada, había razones de peso, y fuimos la madre y yo, divorciados, a hablar en conjunto con él. Entre otras cosas, le dije que el contacto íntimo es una cosa hermosa, si se hace con alguien a quien se quiere y que te quiere, pero es espantoso, una de las cosas más horribles que se le pueden hacer a alguien que no quiere. Esto es relevante. 

Yo me había levantado temprano, porque había ido a trabajar, tenía una hora intermedia, y fui a hablar con mi hijo un ratito antes de volver a trabajar muy lejos de mi casa. La moto es una necesidad absoluta: no puedo llegar a mi lugar de trabajo por vía de transporte público, y no puedo vivir demasiado separado de mi hijo tampoco, porque haría que mi relación con él sea más tenue y difícil. Siendo hijo de padres divorciados, sufrí en carne propia la lejanía. Y esto también es relevante.

Así que, después de la charla muy especial con mi nene, me subí a la moto y fui a trabajar. Solamente que uno de los miedos más grandes que tengo, morir en un accidente, casi se cumple. No es casual: estuve en varios accidentes, el peor cuando tenía 13 años y estuve en severo riesgo de muerte, internado en terapia intensiva. No soy una persona imprudente con la moto, tampoco. La mantengo en buen estado, con todas las luces y espejos y siempre uso casco. Y una de las mayores causas de muerte en gente de mi edad es por accidentes de tránsito. 

En un año de pandemia y restricción vial, la cantidad de muertos (no de heridos, no de accidentes) en los distritos en los que me muevo (la ciudad y la provincia de Buenos Aires) fue de 1754. Solo dos distritos de los 24 distritos autónomos de la Argentina concentran 4,8 muertes al día por accidentes de tránsito, la mitad en moto. Y el 75% de las víctimas de tránsito son varones. O sea, en un año con fuertes restricciones al tránsito, se murió un tipo cada 6 horas por accidentes de tránsito, un tipo cada 12 horas en moto. Un miedo bastante justificable. Y hay que aclarar por qué muchos varones andan en moto: porque carecen de los medios suficientes para comprar o mantener un auto, el transporte público es caro y lento, y trabajamos demasiado lejos como para depender de él. Dicho de otra forma: no tenemos otra opción si queremos vivir una vida más o menos digna que arriesgarnos y subir a una moto. Muy parecido a nuestros ancestros paleolíticos, que se la jugaban cuando salían a cazar, aunque con un par de diferencias clave: 

primero, nuestros ancestros cazaban en grupo. Segundo, la recompensa potencial si cazaban un animal grande era tal que valía el riesgo, porque un día de riesgo aseguraba muchos de relativa molicie. Tercero, si sufrían un accidente o un animal los atacaba, la atención (aunque precaria) era inmediata: al menos tenían a varios compañeros que los cuidaban. Esto, también, es relevante.

Manejar una moto para Rappi es jugársela todos los días, solo, por una recompensa misérrima, a veces insuficiente para el mero sostenimiento personal. Los paleolíticos no vivían cazando todos los días, tenían rutinas y la caza de un animal grande alimentaba a toda la tribu por una semana como mínimo. ¿Podríamos decir que alguien que labura como delivery un día puede juntarse una semana entera a comer asado con los amigos sin laburar?

Por supuesto, alguien podría decir “Eh, pero no todos los días volvían con comida”. Y es verdad, y por eso se complementaba con forrajeo y pesca. Pero cuando había caza… maravilla. Asado y carne por varios días.

Es decir, los hombres seguimos teniendo los mismos hábitos que en el pasado, pero la recompensa es muy inferior, y el esfuerzo (y el riesgo) mucho mayor. Algo que, claramente, es un mal negocio. Algo estúpido, incluso, ya que el esfuerzo no alcanza para un salario que cubra necesidades básicas que una sociedad paleolítica tenía en mayor o menor medida resueltas.

No por eso se entienda que yo abogo por una vuelta al paleolítico. Hay horrores en ese pasado (como la altísima mortalidad infantil, o las letales enfermedades infecciosas) que no son negociables. Pero, sin duda, hay cosas que podríamos traer del pasado y adaptarlas a nuestros tiempos, ¿no?

En fin, volvamos a mi accidente. Yo no trabajo en Rappi, UberEats o cualquier empresa maléfica como esas. No. Soy docente, tengo un trabajo que, en muchos sentidos, es muy gratificante. Está muy lejos de los bullshit jobs y está relativamente bien pago (al menos para los estándares que veníamos citando), además de venir con beneficios sociales nada despreciables, como una ART, días por enfermedad, etcétera. Mucho mejor que un rappitendero. Sin embargo, también viene con un montón de sacrificios previos: años de universidad o terciario, a menudo laburando en condiciones como las que ya venía citando, cabalgando entre el agotamiento laboral y el agotamiento estudiantil. No es raro que la mayoría de los estudiantes abandonen las carreras, sobre todo, de vuelta, los varones: a veces simplemente no compensa. 

Tampoco soy gay, o trans, o siquiera tengo la piel oscura, por lo que mucha de la violencia que gente con esas características sufre yo jamás la sospecharé. Aunque sería mentir decir que no me han maltratado o despreciado por mi género o mi sexualidad. Me han pegado bastante, en sentido literal y metafórico, y en alguna ocasión han abusado de mí, o me avanzaron aprovechando mi estado de ebriedad. Alguna que otra mujer ha decidido que tenía derecho a ser deseada por mí, y si bien es bastante difícil físicamente obligarme a tener sexo, la embriaguez, los enojos y los desplantes han estado a la orden del día. 

En ocasiones, para evitar mayores problemas, accedí sin demasiadas ganas a tener relaciones con una mujer que, realmente, no me gustaba. Lo que es más: mucha gente me decía que tenía suerte por esas situaciones, porque muchos de ellos, varones, ni siquiera conseguían eso. Y, en un sentido perverso, tenían algo de razón. Al menos resultaba deseable para alguien, aunque ellas a mí no me gustaban en absoluto. Ni hablar cuando esas mismas mujeres que, hablemos francamente, habían abusado (o intentado abusar) de mí se enojaban porque no quería tener una relación a largo plazo con ellas (!). Muchas personas me hablaban de las virtudes del bagayeo, es decir, de estar con mujeres “feas” (o sea, mujeres que no me resultaban sexualmente atractivas) como modo de volverme deseable para mujeres más “lindas” (es decir, que me gustaran), o al menos, porque me podía acostumbrar a yacer con una dama aunque esta no me gustara. Y esto era mejor que estar solo, ¿verdad? ¿VERDAD?

Porque, evidentemente, somos una especie social. La ansiedad nos causa dolor, dolor físico incluso. Evolucionamos a lo largo de millones de años para cooperar, y es que nuestra especie, individualmente, es una cagada. Cualquier depredador de nuestro tamaño puede matarnos sin demasiados problemas si nos encuentra solos y desarmados. Carajo, incluso nuestras presas pueden matarnos: una vaca es un animal de 720 kg de destrucción. Necesitamos colaborar para sobrevivir. La soledad, por eso, se volvió una función biológica, como el hambre o el sueño. El sueño nos hace saber que debemos descansar. La soledad nos avisa de nuestras necesidades sociales, y nuestro cuerpo le presta atención a nuestra sociabilidad porque es un indicador clave en nuestra supervivencia: estar solos era una garantía de muerte. 

Eso da mucho que pensar, ¿no? Cuando era chico pensaba que era raro que el mayor de los castigos en las sociedades antiguas fuera el exilio, porque claramente una persona exiliada era libre y simplemente podía irse a otro lugar y empezar de nuevo: ¿qué le impedía a un asesino matar de nuevo? Claro que el exilio era una forma de condenar a alguien para siempre: todos los vínculos de los que dependía su supervivencia estaban repentinamente cortados. Hoy difícilmente se me ocurre un castigo peor, con quizá la excepción del ostracismo. El castigo más temido en las cárceles modernas es la celda de aislamiento.

Pero aseguré que había ciertas cosas relevantes, y no ahondé en ellas. Retrocedamos. Fui a la moto después de pasar un rato con mi hijo, fungiendo de padre responsable, hablando de consentimiento, ejercitando la ESI, y me subí a la moto para ir a trabajar, y, probablemente, hablar de algo parecido en clase. El viaje iba a ser largo, y me da cierto temor caerme de la moto, o que me choquen de atrás, y quedar entre los modernos dientes de los leones, las ruedas de los camiones. Y cuando estaba doblando (con luces, semáforo habilitado, etc), un imbécil me chocó de atrás. Me tiró de la moto, y por suerte tengo los reflejos rápidos y pude saltar antes de caer. El tipo me puteó, y mientras me corría de la calle, asustado, se fue. Nadie, absolutamente nadie, me ayudó o me preguntó si estaba bien. Y lo primero que hice fue mandarle un mensaje a mi ex, que estaba cerca, para preguntarle si podía tomar agua en su casa.

El agua era una excusa. Estaba temblando, necesitaba una mano amiga, un abrazo, compañía porque había pasado exactamente lo que temía, aunque en pequeña escala. Temía regresar a casa y estar solo después de un accidente. Necesitaba el contacto humano. Y lo busqué en la peor persona que podría haber pensado, solo porque estaba cerca. Es la misma persona que, un año y medio atrás, cuando llegué temblando por un accidente en auto que se dio fundamentalmente por agotamiento físico después de 14 horas de trabajo, me ladró. La misma persona que, cuando llegué de una manifestación gaseado y con heridas de bala de goma por defender a la gente lastimada, me basureó y me quería obligar a ir a hacer las compras y cocinar. Una persona que me golpeó un par de veces. Una persona que me llevó al borde del suicidio. Dos veces.

Así de poderoso es el miedo a la soledad. Solamente quería un abrazo de alguien. Quería que alguien me dijera “vas a estar bien”, me ofreciera un vaso de agua, y mínimamente me cuidara. Fue una mala decisión mía, pero fue por pura necesidad, por puro reflejo. Recuerden: el dolor social es una clase de dolor físico. Esperaba al menos ver a mi hijo. Pero no, un nuevo exilio. Ahora, de mi paternidad.

Me recibió cortésmente. Me abrió la puerta de su edificio, pero no me hizo pasar a su casa o bajó al nene. No hubo contacto físico, evidentemente. Me compró una botella de agua, eso sí, y me ofreció su garaje para dejar la moto un rato. Se portó ¿bien, supongo? Pero fue apenas una pálida sombra de lo que yo necesitaba. No la culpo, eh. Pero cuán desesperado ha de estar un tipo para recurrir a su ex esposa por temor a la soledad después de un accidente en moto. Y es que, a diferencia de nuestros ancestros paleolíticos, no tengo demasiadas opciones: tengo que arriesgar mi vida, solo, todos los días, para darle de comer a mi hijo. No hay nadie que esté al lado mío, acompañándome en el riesgo cotidiano. No hay un amigo de trabajo con el que coincida muchas horas. No hay un gran premio por el riesgo de la vida. No hay alternativa.

Y lo sentí una vez más. El exilio. En la sociedad actual, todos fuimos exiliados. Una vez que termina la juventud, y los grupos con los que más vínculos forjamos se rompen (porque después de la escuela o la universidad la gente trabaja, tiene hijos, actividades… invariablemente nos alejamos de las personas que hemos aprendido a querer, a respetar, a cuidar y de los cuales depender) estamos exiliados. Fuimos expulsados de la comunidad sin desearlo, y debemos conformarnos porque la vida es así y de pronto somos privilegiados por tener una vida ligeramente menos miserable que otros. ¡Y una mierda! ¿para morir solos en nuestras casas? ¿para que nadie nos diga “estás bien”?

Durante el 99% de la historia de la humanidad aprendimos a manejarnos en comunidades. Aprendimos a confiar en otros. Y de pronto, no es que no podamos confiar, es que no podemos contar con otros. Estoy muy seguro que la gran mayoría de mis amigos no son una cagada ni son traidores, pero simplemente no tienen tiempo. No hay una comunidad mayor. No hay el consuelo siquiera de la muerte en brazos de alguien querido. Y esto es nuevo: todos vivimos exiliados, con fantasmagorías digitales, teatros de sombras, como único consuelo, como única anestesia al dolor de estar solos por primera vez en la historia. Todos sabemos que la anestesia es adictiva. Y que una adicción es una enfermedad en sí misma. Pero que ya nadie nos cuida de esa enfermedad, porque estamos todos en el mismo barco. 

Estoy haciendo un ensayo (originalmente un guión para video) porque nadie en la realidad me consoló de mi muy racional miedo de morir. No se me ocurren mejores maneras de ilustrar el problema. Y lo peor es que no tengo soluciones. No puedo forzar a la gente a cuidarme, a abandonar sus problemas cotidianos y atenderme a mí. No puedo obligar a los individuos a tomar acciones en mi beneficio. Está moralmente mal. Especialmente, como hombre. La debilidad se huele a leguas, y los leones siempre saltan a la debilidad. 

La solución de mi ex fue, básicamente, drogate (legalmente) para tranquilizarte. Anestesiate. No fue ni siquiera “andá al hospital, llamá a algún amigo o a tu vieja”. No. No puedo obligar a nadie a cuidarme: soy un hombre grande, estoy divorciado legalmente, y debo sufrir estoicamente, sin demostrar ni siquiera el miedo animal a la muerte. Por eso pasé toda la tarde heroicamente solo en casa, y solo demostré una pequeña flaqueza de carácter al ir a buscar la moto para tener una mínima excusa de contacto humano. Despreciable debilidad.

Pero tal vez… solo tal vez pueda convencer a suficiente cantidad de gente, y podamos volver a formar comunidades en las cuales nos conozcamos y cuidemos entre todos.