Guía práctica para vaciar ciudades

Un repaso de las relaciones carnales entre la baja de natalidad en Argentina y la falta de acceso a la vivienda.

Uno de los espectáculos más desgarradores y, a la vez, corrientes en las grandes urbes argentinas y, muy especialmente, en la Ciudad de Buenos Aires, es el de ver personas viviendo en la calle justo enfrente de una casa vacía y tapiada.

A los libertarios y a los teóricos de la conspiración les encanta mencionar la baja de la natalidad en Occidente y en los países capitalistas de Asia Oriental. Lo hacen por diversas razones, pero acaso las más relevantes sean las vagas acusaciones de “progre”[1], que intentaría hacer del feminismo un ente autodestructivo y fatal para toda la Humanidad. Para los neoconservadores, esto es una forma de estimular la destrucción de Occidente ya sea por estupidez o voluntariamente

Por supuesto, lo voluntario parte de las teorías de conspiración que aluden a vagamente al “judío satánico” George Soros, pero ese es un carril que difícilmente vale la pena considerar por el momento. 

Más allá de que puede haber algo de cierto en el hecho de que los cambios culturales, sobre todo en las grandes urbes, desaceleren la curva de crecimiento demográfico, no sé qué tan útil es considerar a las mujeres de 14 años estadísticamente relevantes en una cuestión seria como el recambio demográfico. En todo caso, serían relevantes para un estudio sobre la baja del embarazo adolescente, lo cual sería visto ante todo como un éxito. Tengamos en cuenta que en épocas tan lejanas como la Edad Media, las mujeres quedaban embarazadas a los 24 años, diez después de las consideraciones de las estadísticas. 

Más allá de este apartado etario, es cierto que la Argentina viene en un ritmo de decrecimiento de la tasa de natalidad mayúsculo, a un nivel tal que la Capital Federal es considerada un agujero negro demográfico, a la par con Corea del Sur. Sin embargo, las razones económicas de que la gente no tenga hijos rara vez son tenidas en cuenta.

Consideremos la cuestión habitacional, por ejemplo. Asumamos que, para formar una familia, necesitamos al menos 3 ambientes: dos habitaciones (una para los menores, una para los adultos, y un espacio común). Un departamento monoambiente en la Capital, cuando no se cobra en dólares –alrededor de 700, lo que cobra un docente con 15 años de antigüedad-, equivale a alrededor de 340 mil pesos… al menos un salario mínimo y medio (202600 pesos). Y, todo eso, sin contar expensas. Por lo tanto, solo para pagar el alquiler y las expensas, una persona debe contar con 2 salarios mínimos. Comerá aire, y esperemos que trabaje a menos de diez cuadras de su vivienda, porque no le alcanza para un bondi o, Dios quisiera, un subte. Claro que no podrá contar con luz o gas (total, no puede comprar comida).

Por supuesto, deberá contar con una garantía propietaria en Capital (que derrota el propósito mismo de necesitar la vivienda en primera instancia, pero no es cuestión de buscarle el pelo al huevo), y de no conseguirla, las inmobiliarias graciosamente les ofrecerán a los inquilinos un “seguro” para poder ignorar la garantía propietaria (que podrían ignorar en primera instancia)… lo que vuelve a aumentar el precio de la vivienda.

Además, tenemos que contar los gastos inmobiliarios de mostrar el departamento y gestionar el contrato leonino de alquiler. Asumamos, pues, que debe entrar con 3 alquileres de ventaja, uno que funciona en forma de “depósito”, y que nunca será devuelto pese a que la vivienda esté en mejores condiciones que las iniciales. Por menos de 1 millón de pesos (es decir, cinco salarios mínimos) es imposible empezar a alquilar un monoambiente en la Capital. 

El mismo procedimiento será, por supuesto, repetido en 2 años, porque casi ningún propietario renueva contratos (se pierden el negoción de los depósitos). Luego, claro está, están los aumentos, que son cada 3 o (con mucha suerte) 4 meses. Esto, se supone, es el importe necesario para alquilar lo que muchos considerarían una vivienda inicial, es decir, una vivienda para alguien que recién se independiza y no aspira a algo particularmente bueno o cómodo.

No digamos ya un espacio con dos o más ambientes. Eso queda para multimillonarios, claramente. 

No es sorpresa, entonces, que la gente no tenga hijos. ¿Cómo habrían de hacerlo, salvo que cuenten con una propiedad? El alquiler es, sencillamente, imposible. No hay forma de afrontarlo. No con ingresos bajos, no con ingresos medios, ni siquiera con ingresos altos.

Contemos una infidencia. En estos meses, a quien escribe se le acaba el alquiler. Tengo un salario docente, con dos cargos y desfavorabilidad, y vivo con otra docente con un sueldo parecido. Hasta el momento de escribir, alquilo en Floresta merced a la ley de alquileres que dio de baja Milei por decreto. Una ley imperfecta, que efectivamente pareciera que bajó la oferta de alquileres, pero que mantenía precios razonables y aumentos consistentes con la inflación y los salarios, actualizado anualmente. 

Esto permitía un cierto ordenamiento de la economía doméstica, que para una persona que alquila en forma continua desde hace 20 años (porque ni en el mejor momento del gobierno peronista pude acceder a una vivienda propia), es vital. Hoy por hoy, no puedo pagar un alquiler en la zona adyacente a la Capital, como Ramos Mejía. 

Recordemos que soy un profesional, con una carrera universitaria en una de las mejores instituciones educativas de la Argentina y del mundo, la Universidad de La Plata, acompañado de otra profesional egresada en la mejor universidad del país, y una de las 10 mejores del mundo. 

Pongamos en perspectiva a mi madre, que a mi edad y con dos hijos a cuestas a los que mantenía en soledad, ya había pagado la hipoteca de su casa con un sueldo de empleada administrativa. No hace falta un nobel en Economía para entender que el sistema es insostenible.

Esto es una consecuencia directa del libre mercado. 

Guillermo Moreno propone una Ley de arrendamientos en su plan de gobierno que ponga un tope a la renta de terrenos en la zona núcleo de la Pampa, en beneficio de los productores agropecuarios, para bajarles los costos fijos y de esa manera subir retenciones, pagar la deuda y abaratar el costo de los alimentos. Bienvenido sea, pero, a mi juicio, es insuficiente. 

Los costos fijos de las viviendas no bajan, y los trabajadores deben invertir varios de sus sueldos ganados con sudor en mantener a un sector ocioso[2] El rentista es un sector tan ocioso que es incapaz de gestionar sus propias viviendas, y que contrata el servicio de unos intermediarios para que exploten por ellos a los inquilinos, presos de la necesidad de vivir en algún lugar. Un sector que pretende que le paguen dos salarios por un mísero monoambiente, que ellos no construyeron y que adquirieron en tiempos de vacas gordas, a las que se encargaron de exprimir. ¿Cuál es su única preocupación? La rentabilidad de su inversión.

Acá no estamos hablando de arquitectos. No estamos hablando de empresarios que construyen viviendas y luego las explotan un tiempo para obtener una justa ganancia. No. Estamos hablando de un sector rentístico que pone pegas hasta para arreglar goteras, incluso si eso daña la integridad estructural de las viviendas.[3] Un sector que ve la necesidad básica, garantizada por la convención de Derechos Humanos, de vivienda digna, como una mera inversión. Y, con la liberalización del mercado, los inversores más fuertes son siempre fondos multimillonarios, sociedades anónimas que tienen las ventajas de ganancias personales sin responsabilidad personal.

No caigamos en el error de pensar que esto es un problema local. No pensemos que en otras ciudades no pasa, o siquiera en otros países. En todo el mundo está sucediendo lo mismo, y tiene una explicación muy sencilla: la acumulación del capital. Mi generación, y las que me siguen, no pueden hacerlo, porque están muy ocupadas pagando un impuesto privado a un señor que reclama cada vez más sin hacer el mínimo esfuerzo.

Este es un problema generalizado, y que afecta sobre todo a gente de cuarenta años para abajo… precisamente la gente que puede tener hijos. No nos sorprendamos si no se puede formar familia, porque se necesitan varios salarios para sostener las necesidades básicas de la vivienda para simplemente una persona.

En un momento donde bajan los precios de las viviendas, pero no hay acceso a crédito, los precios de los alquileres suben y suben sin control. La vivienda se concentra cada vez más en menos manos.

Podría terminar esta nota acá, pero una de las ventajas de hacer militancia política es el deseo de mejorar las cosas. Hasta acá, no fue más que necesario saber sumar y restar, y la denuncia se hacía sola. Sin embargo, quedan algunas propuestas posibles. Todas ellas son factibles, pero no todas tienen el mismo impacto, ni la misma capacidad de implementación:

·         Una ley de tributación, que establezca que los impuestos se basen en la moneda de tasación de los inmuebles, para desincentivar la compra en moneda extranjera.

·         Acceso universal a créditos para primera vivienda a cargo de bancos estatales, para reducir la demanda de alquileres.

·         Un impuesto a la vivienda ociosa, que cuente con un registro de las mismas a nivel nacional. El impuesto debería ser equivalente a un alquiler en la zona del inmueble

·         Garantías sindicales de vivienda, que funcionen como seguros de caución como beneficio para los afiliados.

·         Una nueva Ley de Alquileres, que proteja al inquilino y que establezca límites claros al porcentaje de sueldos necesario para alquilar una vivienda.

·         Construcción de viviendas sindicales, y un modelo de cooperativas de vivienda como forma básica de acceso a las mismas.

Como conclusión, un futuro gobierno debería, antes que cumplir obligaciones externas, resolver los problemas reales de las personas. El tema de la vivienda, junto con la energía y los alimentos, son cuestiones esenciales sin los cuales la mera supervivencia física de las personas se pone en riesgo. 

No olvidemos que la Constitución del ’49 establecía la función social de la propiedad. Es decir, la propiedad debe, primero, servir a su función social y luego dar ganancia. Fue la derogación de esta Constitución la que permitió que la salvajada actual se llevara a cabo: se pone el carro adelante del caballo desde hace décadas.

¿Quieren que aumente la población? Nosotros también queremos tener hijos. Pero dennos antes la posibilidad de mantenerlos. No quiero traer al mundo gente para que sean los esclavos de un montón de parásitos.

Y no nos confundamos: un gobierno decente, antes que la propiedad privada, debe defender el derecho a la vivienda de las personas. Y, para los votantes que defienden esta miseria, no hay nada más triste que un peón que, oliendo la bosta, crea que las vacas son suyas.

Esteban Ruquet 18/7/2024


[1] La traducción no literal de la palabra woke en inglés, tomado sin crítica por nuestros cipayos de siempre, ahora actualizados por internet de las modas yanquis.
[2] Hay una palabra mejor, que no quiero usar para no ofender a nadie, pero que el lector avizor identificará. Una pista: son organismos multicelulares viviendo dentro de los intestinos de varios animales.
[3] Me pasó: literalmente se cayó la pared que separaba el baño de la pieza por una pérdida que estaba avisada desde el día mismo de la mudanza.


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