12088/ Primavera

El Tequi hizo fuerza y su destornillador se zafó del tornillo de anclaje. Obviamente estaba oxidado. No había sido mantenida apropiadamente; algún imbécil había instalado las celdas con tornillos comunes en lugar de los inoxidables.

Para pior, faltaba personal interesado en la tecnología que los mantenía con vida. Pocos jóvenes se interesaban en esas “cosas de sepias”, y todos querían “innovar”, destacarse y hacer grandes gestos, grandes aportes a la comunidad. Y eso, con los pocos que realmente se interesaban en mantener las luces prendidas. La mayoría quería una vida fácil, buscaban su camino en la música, el arte, la pintura, la escultura… el reconocimiento cultural, vamos. Querían aportar un poco de alegría a la vida que, por demasiado tiempo, se había vuelto gris como culo de vieja. Nadie quería pasar la noche previa al Festival en la punta del puto Ñanculén, el cerro más feo de la zona.

Probó con otra herramienta, por las dudas. Intentó con varias llaves diferentes, incluso con el destornillador automático, pero no hubo caso. No culpaba a los pibes, claro. El Renacimiento Cultural era una realidad patente, y hasta a él mismo, el técnico principal de la comunidad, le gustaba tocar la guitarra. Más aún, gracias a ello había conocido a Jama en un fogón. ¿Cuándo había sido? Ah, sí, allá por el 66. Los dos eran muy jóvenes en ese momento, pero después de cantar juntos, ya habían decidido que su camino era compartido. 

Nunca se había arrepentido de esa decisión.

Había sido en el final del Festival de Primavera, en Itekoa. Antes de… bueno, lo que había pasado en Itekoa. 

―Carajo, estoy chivando como salame en la guantera.

Se limpió el sudor con el guante, y se manchó la nariz de grasa. Un poco de suciedad no le hacía daño a nadie. 

Ese año, el Festival de Primavera se hacía en su propio pueblo: todas las aldeas de cuatrocientos kilómetros a la redonda mandarían a sus jóvenes (y no tan jóvenes) a dos semanas completas de festividades. Alimentarlos sería un reto, pero todos contaban con que la gente llevara algunas raciones para no colapsar la logística de la sede anual. Además, las comunas cercanas siempre prestaban ayuda: nadie quería quedar como el colado de la fiesta, aunque dudaba que desde Huapi mandaran algo; habían tenido problemas serios con las langostas el año pasado, y varios urbistas les habían llegado de improviso, huyendo del sepia de sus vidas. Pero claramente sería un peso grande en la población anfitriona. 

Y por eso debía terminar de arreglar el puto panel solar. El mundo podría ser mejor.

Probó hacer palanca con varias espátulas, para ver si podía zafar la malla metálica que sostenía las células fotovoltaicas, pero no quería deformarla; el aluminio era notoriamente blando, y no quería tener que reemplazar toda la estructura.

Le hubiera gustado tener otras herramientas, más nuevas. No es que las suyas fueran malas: tenían bastante vida útil por delante, pero claramente podrían ser mejores. Miró un instante hacia abajo, y le dio piel de pollito: los paneles casi colgaban del vacío. Un paso en falso, y lo iban a tener que juntar en cucharita. 

Fue cuidadoso, y se puso las correas de seguridad antes de descender para evaluar. El diagnóstico fue clarísimo: el recambio de cada pieza era esencial. Ya había varias celdas rajadas por los granizos, pese a ser material muy resistente. Además, el alud del año anterior había hecho estragos. No podía solo. Colgando de la ladera del cerro, llamó a su sobrino.

―Che, inútil, a ver si largás la guitarrita un rato y me das una mano, que no puedo solo.

―Ay, tío. Aguantá un poco, que mañana empieza el festival, y no preparé bien mi presentación.

―¿Y por eso me tenés acá, literalmente colgado de la montaña? ¿Vos querés que empiece sin electricidad, paspado? ¿Y con un funeral?

―Y bueno, hacemos el festival al fogón. Con lo sepia que estás, seguro que ardés lindo.

―No seas pánfilo. Vamos a quedar como unos otarios. Y si no me ayudás, me voy a encargar de hacerte yo mismo una canción donde quede muy claro por qué no tenemos luz. Ya estamos al límite. ¿O querés que la abuela no tenga el respirador?

―No, no. Te estoy jorobando, ya te ayudo. Pero, hablando en serio, deberíamos tener otro sistema. Claramente, los paneles solares no son suficientes. 

―¿Y qué sistema querés vos, salamín del hoyo?

―Me enteré que en Pecarí tienen una represa hidroeléctrica. Me imagino que debe ser más eficiente que este cerro del orto.

―Sí, claro. Si tenés un equipo permanente y rotativo para mantenerla operativa todos los días. Trabajando ocho horas al día. Siete días a la semana. Además, ¿quién te estuvo diciendo lo de Pecarí?

―Lo escuché la otra noche por la ruta.

―Vos sabés que no se puede confiar en la ruta, ¿no? La mitad de las cosas que ves ahí son producciones algorítmicas. Y la otra mitad son mentiras y penachos de pavadas de gente muy al pedo.

―Qué exagerado, tío. No es así, está muy controlado ese tema. No es lo mismo que antes.

―¿Y quién controla la ruta, eh? Nah. Esas cosas siempre salen mal. ¿O no aprendiste nada de antes? ¿Te olvidaste lo que era internet?

―Perá, perá que te subo. No te muevas tanto. Como te decía, no es lo mismo, tío. La ruta tiene protocolos muy diferentes, e incentivos diferentes.

―No tienen una forma real de controlar el contenido algorítmico autogenerado. Solamente necesitan un servidor más o menos potente, una rutina de entrenamiento, y ¡pam! Un penacho de basura digital. Ni siquiera tienen necesidad de entrar en la ruta. Para eso deben querer la hidroeléctrica de Pecarí.

―No. Capaz. No sé. Pero… ―Eluén tiró desde arriba. El paspado no tenía correas de seguridad puestas, ni casco, ni un carajo. Pero fuerza no le faltaba al guasito: estuvo arriba en un periquete.

―Pero nada. No consigo que trabajes ni veinte minutos para una forma pasiva de energía, ¿y pretendés que haya tres turnos de operarios en una planta? Sin mencionar que, además, eso traería problemas para la fauna local, y que los efectos se sentirían río abajo…

―Bueno, bueno… entiendo. Ya te doy una mano. Parece que arrastrarte para arriba no es suficiente. ¿Qué más querés?

―Necesito que vayas al almacén del taller y me traigas antioxidante. Traeme del bueno, que no quiero estar hasta la noche lidiando con esto. Ah, y avisale al Naueh que me dé tornillos inoxidables, que los que están acá ya son un crimen.

―Dale. No hagas boludeces, tío, que estás solo, y pese a que sos un sepia pesado te quiero vivo.

El chico se subió a la bicicleta y salió enseguida. Iba a estar un buen rato: era una normal, de tracción a sangre, no una eléctrica. Miró la mochila y se fijó algunas de sus herramientas para adelantar algo más de trabajo. 

Las células más dañadas eran viejas e ineficientes: las de silicio monocristalino, en lugar de las de arseniuro de galio. No era muy fácil reemplazarlos, igualmente. Instalarlos ya era un lío: producirlos estaba bastante por fuera de las capacidades de su comuna, y necesitaba un nivel de industrialización bastante raro en el área. Había algunas fábricas que todavía los producían, pero la realidad es que los de silicio eran más que suficientes para alimentar las comunas de la zona. La lluvia no solía ser un problema muy grave, y las baterías eran muy eficientes para conservar energía.

Por suerte, había logrado interesar a los demás lo suficiente en la producción de baterías como para instalar un pequeño taller en la comuna. Y, además, a su pequeño grupo la actividad le resultaba lo bastante interesante como para producir una buena cantidad cada año. Ayudaba que las baterías fueran útiles para una serie de cosas, además de la iluminación y la refrigeración: vehículos, transportes, herramientas, instrumentos y juguetes. 

Ni hablar del hospital. Pensó en su mamá, y se le encogió el corazón.

Lástima que, por esa razón, siempre fuera él a quien le pidieran permanentemente que se encargara del mantenimiento y la reinstalación de los paneles, tarea bastante fastidiosa. 

Se tomó un mate mirando el atardecer. Prefería descansar antes de volver al trabajo, y el chico tenía razón. No se podía arriesgar a colgar solo de la montaña: cualquier error y era carne molida. El halo se veía, imponente, en el cielo vespertino, pero ya no era tan potente como cuando era un chico. Recordaba que, en aquel entonces, se veía incluso al mediodía. 

Los grillos empezaron su escándalo habitual, y, al poco rato, le llamó la atención algo: luciérnagas. Muchas luciérnagas. Eso era nuevo. 

Una nube de polvo en la lejanía, y una luz encima de ellas. El mate ya estaba completamente lavado cuando llegó de nuevo su sobrino. No había venido solo: dos personas más venían con él, y todos traían mochilas. El dron linterna los seguía, iluminándoles el camino.

―¡Naueh!

―¡Tequi! ―el hombre lo abrazó―. Me dijo el Eluén que estabas hasta las manos con el panel, pero te encuentro mateando… Vine al pedo. Bueno, al menos te veo un rato, que hace un penacho que no charlamos.

―No puedo hacer mucho sin el antioxidante. Además, el guaso éste seguro te hizo venir para no laburar él.

―¡Eh!... Bueno, pa’qué te voy a mentir si es cierto.

―Cómo les cuesta agarrar un martillo a ustedes, eh. Se supone que son los sepias los que tienen que descansar.

―Ninguno de ustedes dos es viejo―dijo Eluén―. Como mucho, digitales. Y nosotros tenemos que ensayar para mañana.

―Qué vagos que están estos pichones, eh. 

―Bah, como si hubiéramos sido muy diferentes cuando éramos guasitos como ellos…

―Bueno, no ―respondió Naueh―. Pero ahora tienen la vida muy fácil. ¿Te acordás cuando teníamos la edad de estos dos?

―Buf. Sí. ¡La cantidad de laburo en el campo era brutal! Pero tan mal no la pasamos.

―No, comparados con nuestros sepias, la tuvimos fácil, también. 

―La cosa mejora, ¿no? Pero también nos relajamos demasiado. Un poco de laburo de verdad no les vendría mal a estos guasitos.

―No nos vendría mal. Mirate los rollitos que tenés.

―Bueno, bueno, basta de boludear, entonces. A bajar los rollitos y a laburar ―el Tequi se calzó los guantes de nuevo y largó el mate―. Ustedes dos: ya que vinieron, no se van a quedar tocando la guitarrita. Dennos una mano, vamos.

―Ufff…

Entre los cuatro fue fácil. El antioxidante era mejor de lo que había esperado, y los paneles nuevos no eran difíciles de adaptar; además, como el festival era en el pueblo, habían conseguido células Gaas. La Federación se había puesto de acuerdo en darles prioridad por esa exacta razón. 

Trabajaron mejor de noche: habían elegido ese lugar para los paneles justamente por la cantidad de radiación solar que tenían; de día eran un infierno, incluso a fines de invierno. Tomaron, eso sí, todas las precauciones. Las luciérnagas no eran suficientes, así que pusieron a los dos chicos a iluminarlos con el dron, y el Tahiel tuvo la brillante idea de encender una fogata, así que lo pusieron a cocinar. El Tequi se dio cuenta que los dos chicos habían traído carne suficiente como para hacer un asadito. Raciones extra para los que laburaban más. 

Así que por eso habían venido, los muy lauchas.

A lo lejos se escuchó el sonido del tren, y se vio claramente la nube de polvo tapando las estrellas. No se iba a quejar, claro. El olor a carne asada los hizo trabajar mejor, y más rápido. Necesitaban mucha precisión, pero ya estaban bien acostumbrados. Los tornillos de acople eran de diseño nuevo, más eficiente y fácil de colocar: más precisión en menos tiempo. Guardaron los viejos: si no se usaban, se podían fundir y reciclar. 

Al rato, despacharon a los jóvenes, que se pusieron a cebar mate y tocar la guitarra. Cantaban lindo, aunque no conocían las canciones. Naueh lo miró para charlar, pero el Tequi lo esquivó suavemente, y le señaló los paneles y las correas. No corrían el riesgo real de caerse, pero necesitaban toda su concentración si querían conservar todo el material reciclable. 

Para cuando Tahiel tuvo la carne estuvo lista, el Tequi y Naueh estaban agotados, Habían cambiado todas las células dañadas y reemplazaron todas las fotovoltaicas de silicio que pudieron por todas las Gaas que trajeron. Fueron cuidadosos, y pusieron todas las dañadas en un bolso compartimentalizado y acolchado. Todavía, creían, se podían aprovechar: podían usarlas en los techos de las casas para complementar el campo fotovoltaico con generación local.

―Che, ¿el tren que vimos es el que lleva al pueblo?

―Creo que sí. Deben haber llegado ya unos cuantos pibes.

―Menos mal que estamos acá. Debe ser una pesadilla atender a tanta gente.

―Che, esto está buenísimo, Tai. No te tenía tan buen cocinero.

―Gracias, Naueh. Asador, igual, no cocinero. No sé hacer mucho más.

―¡Qué no vas a saber! Tío, tenés que probar los tacos que se arma el guaso este.

―Después de este asado, voy a confiar más en el Eluén. Ahora me vas a tener que invitar a comer, Tahiel. ¿Seguís viviendo con tus sepias?

―Todavía… Pero por eso estamos ansiosos por el festival, ¿no, Eluén?

―Qué boludo, claro. Ustedes no hicieron la Peregrinación, todavía.

―Y, no.

―Pero ya tienen más de dieciséis. ¿Qué esperan?

Los dos jóvenes lo miraron como si fuera un estúpido. El Tequi tardó en caer.

―¡Ah, claro! El Festival.

―¡Y claro, opa! ¿Una vez que tenemos el Festival en el pueblo y nos lo vamos a perder?

―¿Preparándose para impresionar muchachitas? ―los dos pibes se miraron y largaron una carcajada―. O muchachitos, mejor dicho.

Recién entonces El Tequi cayó en que estaban de la mano desde hacía rato. Se dieron un buen beso para hacer las cosas lo más obvias posible.

―Bah, cualquiera puede ser un poco cuir de pibe y después cambiar, ¿no Naueh? 

―No creo que funcione así, salamín del hoyo. Igual, ¿hace cuánto que estás con Jama?

―Mañana se cumplen veintidós años exactos. Pero vos tampoco te quedás atrás. Maile y vos están juntos hace una eternidad.

―Bueno… ponele. Es evidente que no charlamos tanto como antes, ¿no?

La mirada del Naueh hubiera sido imposible de descifrar. Salvo para el Tequi, claro.

―No asuman que nosotros dos somos como ustedes, che ―interrumpió Eluén―. Igual, la verdad es que me gustaría conocer alguna chica. La posibilidad de un trío…

―…o un cuarteto…

―…no es nada despreciable.

Se sonrieron con picardía. Naueh y el Tequi se pusieron un poco colorados, y apuraron la comida, incómodos.

―¿Qué hacemos después de comer, muchachos, volvemos o acampamos acá?

―Está el refugio, por allá. Pero a mí me gustaría volver.

―Está un poco oscuro. Es inseguro. Los pasos de montaña son traicioneros.

―Tenemos el dron, che. No es tan grave.

―¿Está cargado?

―Me encargué de eso, tío. No estuve boludeando toda la noche. Es más, le puse el mapa desde acá al pueblo, así que no va a haber que ni operarlo.

―Igual, ahora estoy medio cansado, la verdad. Podemos esperar a hacer la digestión, y partimos.

―Por mí, bien. Como en los tiempos sepia, ¿no, Tequi? El cielo se ve tremendo desde acá.

―Me llaman más la atención las luciérnagas. Nunca las había visto por acá. Es más, no había visto luciérnagas desde la Peregrinación.

―¿No te enteraste de nada, entonces?

―¿De qué?

―La fauna está volviendo. Hay cada vez más sapos, por ejemplo. El mundo se está recuperando.

―Parece increíble que no se hayan extinto. ¿Te acordás cuando éramos pibes?

―Uff. Y eso no era nada a lo que era el mundo antes. Zafamos bastante.

―¿Se van a poner a hablar del pasado otra vez? Saben que nosotros no lo vivimos, ¿no?

―Y no querría que lo vivieran. El mundo es mejor, ahora.

―Tampoco es que las cosas estén bien. Por lo que me dijeron, cuando el abuelo era joven, era todo mucho más avanzado y mejor.

―¿Otra vez en la ruta?

―Ey…

―Mirá el cielo, Eluén. ¿Qué ves?

―El halo.

―Exacto. ¿Vos sabés por qué se hizo?

―Voy a clases, tío. Sé lo que es…

―Parece que te olvidás, entonces. El halo es basura. Basura espacial generada durante la infancia y juventud del abuelo. Y sí, antes tenían comunicación directa con el otro lado del mundo; de hecho, la tenían desde bastante antes de que naciera el abuelo. Pero se llenó tanto de basura el cielo que ahora no podemos ni mandar una sonda a limpiarla. 

―Tampoco nunca lo intentamos, Tequi. El Eluén tiene razón. ¡Imaginate lo que sería hace cien años! Me gustaría comunicarme con gente del otro lado del mundo.

―No es así, Tehiel. Sí, hace cien años las cosas andaban más o menos, pero ya hace cincuenta era completamente insostenible. Y no te engañes, tratamos de mandar sondas a limpiar, pero fue demasiado tarde. Fue una persona de entonces la que organizó todo el asunto: obligó a su gente a hacer quince mil lanzamientos para frenar el efecto. Unos diez hubieran tenido éxito, y empezaron a precipitar algunos detritos a la atmósfera, pero los demás satélites chocaron contra el Halo y se hicieron mierda. Los restos de los limpiadores se sumaron, y los diez que estaban limpiando fueron arrastrados por los restos de sus compañeros.

―Me suena a cuento, Naueh. ¿Cómo supieron eso? ¿Y cómo una persona va a tomar esa decisión sola y, peor aún, obligar a la gente a seguirle el juego? No puede haber alguien tan estúpido para seguir semejante orden. ¿Cómo la convencerías?

―De la misma forma que convencieron al Eluén y vos de que las cosas eran mejores en el pasado. No lo eran. Nosotros estuvimos ahí, Tehiel. En el pasado.

―¿Ustedes vieron eso que cuenta el Naueh?

―No. Pasó varios años antes. 

―Entonces no tenés idea. Repetís lo que te dijeron.

―Puede ser. Pero te puedo asegurar que el halo ahora es más chico de lo que era cuando yo tenía tu edad. El efecto Kessler es muy real. Antes no se podían ni ver las estrellas la mayor parte del tiempo. Y el halo se veía de día.

―Meh. Todavía no me entra que convencieran a la gente de hacer semejante estupidez.

―Mirá, yo tampoco entiendo del todo cómo lo hacían, la verdad. Pero es cierto. Preguntale al abuelo, si no me creés. Él sí vivió todo eso. La abuela también, pero rara vez habla del pasado. Sé que usaban los satélites para eso, pero no entiendo muy bien cómo. Sería algo parecido a la ruta, pero más raro. ¿Control mental, tal vez?

―Bueh. Ahora sí, eh. ¡Control mental! Leíste muchas novelas de ciencia ficción, tío. Si hubiera habido control mental, no estaríamos acá.

―Mirá, ya te dije que no sé cómo lo hicieron. Sé que usaban alguna forma de control social, pero no nos contaron mucho los sepias. Supongo que no querrán que a alguien se le ocurran las mismas ideas.

―Capaz fue algo como lo de Itekoa, nomás. No te digo control mental en términos telepáticos o alguna falopa así, pero sí alguna forma de truco psicológico ―dijo Tehiel―. Lavado de cerebro, o algo así. Sobre todo, si agarraban a los chicos desde muy chicos. Los nenes son confiados, y aprenden lo que se les enseña. Si les enseñaban a confiar y obedecer, capaz después esa gente se vuelve más susceptible a dar por buena la estupidez.

―No sé, Tei. Me suena a cuento. Fijate lo difícil que es para estos dos convencernos de algo. ¿Convencer a dos mil personas te parece razonable? ¿A diez millones?

―Bueno… si lo decís así, no suena razonable, ¿no? No sé. Tampoco me parece imposible, la verdad, pero sin duda me parece que los sepias estos exageran.

―Vieja tu abuela. ¿Vos que decís, Naueh? 

―Son una causa perdida, Tequi. Pero bueno, es hora de dormir, que mañana tenemos un día largo, y tenemos que volver. 

―Pero…

―Pero nada. Ustedes no hicieron la peregrinación, así que se joden y obedecen.

―Fua. Le salió el dictador de adentro.

―Sí, me voy a afeitar y teñirme la piel de naranja y todo. ¡A la cama, pendejos!

La noche estaba fresca. Inflaron los colchones y se metieron en las bolsas de dormir. Arriba, en el cielo, Júpiter se veía brillante cerca de la luna, al norte de la línea pálida del halo. Se oyeron las risitas de los jóvenes lo suficiente como para que el Tequi y el Tehiel se sintieran nostálgicos, pero el cansancio les ganó.

A la mañana no demoraron mucho en levantar campamento. El sol pegaba fuerte, y el calor volvió con fuerza. Desayunaron las sobras de la noche anterior, y emprendieron el regreso. Bajaron con bastante esfuerzo desde la cima del Ñanculén hasta el valle del Rincón del Diablo, y bordearon el arroyo. Era el camino más largo, pero también el más fresco. Octubre era complicado en las montañas, incluso tan al sur. Hacía mucho que los glaciares de la zona se habían derretido, pero más al sur quedaban algunos cuantos. La zona se había vuelto también más húmeda, y por eso habían tenido que ir muy al este para encontrar, así que el arroyo Rincón era impenetrable sin puentes apropiados.

El parque solar era de dimensiones considerables. No había menos de seiscientos paneles de uno por dos metros, y cubrían una franja muy amplia de territorio, visible desde el aire. En el pasado, habían sido bastante cuidadosos, porque, aunque ya no existieran los satélites, los drones seguían volando. Y los fundadores habían elegido la región por su relativa facilidad de acceso a infraestructura, a la vez que soledad. Sin embargo, sus predicciones habían sido correctas: la comuna de Voygue se había convertido en un proyecto extraordinariamente exitoso. Sin embargo, no estaban exentos de problemas.

Cuando pudieron bajar y tomar la senda entre los coihues, respiraron al fin. El calor, en la cima, era agobiante, pero en la ribera del arroyo había sombra y humedad, y ya no estaban condenados a cargar con las bicicletas, pero tomar esa senda les agregaba casi ocho kilómetros. No era un exceso, apenas quince minutos más de viaje, pero los muchachos se quejaron.

―Tenemos que revisar el cableado del Valle , guasos. 

―Y es el camino más seguro. No quiero que se arriesguen por la ladera oeste. Quince minutos más no los van a matar.

―Pero ya deben haber llegado muchos, tío. Quiero ver cómo comienza el festival.

―Van a venir también del este, caminando o en bici. Recuerden que la Peregrinación viene de todos lados.

Oyeron un nuevo tren a la distancia. Recorría el camino de norte a sur, el más transitado. Y peligroso. Entre quejas, siguieron el agua por cinco kilómetro, hasta que el recodo los llevó de nuevo hacia el oeste. Efectivamente, en el camino cruzando el arroyo había un pequeño grupo de jóvenes de entre dieciséis y veinticinco años, que caminaban con sus grandes mochilas. Parecían fatigados y acalorados, pero estaban alegres. Los más grandes lideraban el paso, y sus correas estaban mejor ajustadas. Los más chicos, por su lado, estaban más excitados: era su primer festival, y recién arrancaban su primera Peregrinación.

―¡Ey! ¿De dónde vienen? ―gritó Naueh, viéndolos trajinar.

―¡Dil este! ―respondió uno rubio de unos veinte años―¡Di varios poblos deferentes!

De la zona de Refugio, por el acento. No faltaba mucho para que la región tuviera su propio idioma, pese a los esfuerzos que hacían para mantener el común. Eluén y Tahiel se separaron, y se juntaron con el otro grupo, pero El Tequi siguió con Naueh por la ribera norte. Estaban más cansados de lo que querían admitir, y vadear el río y saltar piedras cargando los vehículos era complicado. 

―Al fin tenemos un rato de paz, Tequi.

―Hace rato que no charlamos vos y yo.

―Demasiado, diría. Uno pensaría que me estás esquivando. ¿Es así?

―No. No conscientemente, al menos. Pero es el momento de los jóvenes, ¿no?

―Quizá. Nosotros también lo fuimos.

―Puta madre. Extraño un poco esos tiempos, la verdad. No me cansaba tanto, antes. De guasito podía hacer quince, veinte kilómetros sin despeinarme.

―No exageres, Tequi. Nunca aguantaste más de diez a la carrera.

―Bueno, pero caminando sí.

―Y bastante más también. Y a la noche tenías energía y todo…

―Bah, eran otros tiempos. Hace rato que no pruebo la carne de chancho. Los pibes parecen estar bastante entusiasmados, por otro lado.

―Meh, ya se les va a pasar. A tu sobrino, sobre todo, capaz que el Tahiel sigue por ese rumbo. Se parece más a mí.

―Espero que no. Necesitamos gente nueva.

―Nada le impide tener hijos. Ser cuir no es un problema, hoy por hoy. 

―No, pero complica las cosas.

―¿Por eso me esquivás? Y eso que es difícil en una aldea como Voygue.

―Sabés que no es así. Yo… yo sé que tenés recuerdos y que al final las cosas no fueron como vos esperabas, pero ¿qué querías que hiciera? 

―No sé. Jugártela.

―¿Con las cosas como estaban? ¿En serio? Además, ¿vos tenés noticias del norte?

―Algunas. Las urbes siguen vaciándose, por lo que dicen. Todavía las comunicaciones a larga distancia son difíciles, y es bastante complejo diferenciar señales y noticias verdaderas de las falsas.

―Más bien. El riesgo sigue siendo grande ahora, ¿cómo esperar algo menor en aquel entonces? No es un chiste mantener una población viable tanto tiempo. Teníamos que hacer nuestra parte.

―Como te dije, ser cuir no es un problema al respecto. Podríamos haber explorado otras opciones. Como dicen que quieren hacer esos dos, del otro lado.

―Sí, claro. Porque funcionan un montón.

―¿No me extrañás aunque sea un poco, Tequi?

―Vivís en la casa de enfrente.

―Sabés a lo que me refiero.

―… sí, lo sé. Y no. No quiero hacerte daño. Nunca quise tener esta conversación, la verdad, y tengo mis razones.

―Te juro, a veces, que no te entiendo. Estábamos bien.

―No, no lo estábamos. Capaz vos no te dabas cuenta, pero… Bueno, ya que estamos en esta, blanquiemos.

―¿Qué hay que blanquiar, zapallo?

―La situación. Nuestra situación, por qué se dio, y cómo se dio. La verdad... bueno. Intenté que me gustaras, ¿sabés? La persona que más me inspiró en mi vida, es mi madre. Ya sabés que ella es cuir, también.

―Más o menos.

―Lo es. Que esté con mi padre no es excusa. De hecho, no es mi madre biológica… eso es absolutamente imposible. Pero bueno, vos sabés lo que eso implica en la crianza. 

―No. ¿La adopción, decís?

―¡Qué va! ¿Eso qué tiene que ver? No…

―¿Y entonces, de qué me hablás?

―No, otario. En mi familia, se esperaba una experiencia cuir. Se asumía que lo iba a ser. Madre y padre, les dos. Era la expectativa. Y a elles les funciona bien. Con ese modelo, y con las… francamente… pocas opciones que habían en el pueblo… bueno. Digamos que llevé la amistad a otro plano. Y por un tiempo, funcionó.

―¿Solo por un tiempo? No me parece. Vos lo dijiste, los dos vivimos enfrente. Eso no puede ser casualidad. No, yo sé que hay algo más.

―Como dije, por un tiempo funcionó. Pero deberías haber visto en seguida las señales de que yo estaba pasando. Me costó, eh. Me costó mucho. Yo en verdad te quiero, salamín del hoyo. Y, como te dije, la amistad se llevó a algo más. Pero después…

―¿Después qué?

―Después pasó la Peregrinación. Ya hacía rato que no me entusiasmaba el sexo…

―Mentira. ¡Si hicimos la Peregrinación juntos! Llegamos hasta el mar… y a la noche seguíamos enroscados.

―Ja. Sí. Un tiempo. Y después, cuando conocí a las mujeres… bueno. Digamos que la inspiración pasaba por otro lado.

―Pero… si vos… Vos me dijiste que… que querías tener hijos, y era por eso.

―Así es. No te mentí. Peor nunca es una razón única. Además de lo que te acabo de contar, creo que alejarme de mis padres, del mandato familiar, me permitió conocer otro mundo, otra realidad, otras posibilidades.

―Dudo que tus padres te impusieran nada. Son los mejores. Algo debía haber.

―Pensé mucho sobre el asunto, ¿sabés? No es algo de ahora. Y mis padres no siempre fueron iguales, tampoco, y un mandato es algo más complejo que una imposición abierta. Es una expectativa, algo que está ahí flotando en el ambiente como la situación por defecto. Por más que haya opciones, hay algo que se espera. Pero me trabo. No sé explicarlo bien. No es algo que haya tenido que charlar antes.

Naueh miró el cielo. Una turbina inflable se acercaba lentamente desde el oeste. Más reservas de energía, prestadas por los del otro lado de la Cordillera.

―¿Y cómo se conjuga eso con el tema de tener hijos? Eso también es un mandato. Y muy fuerte. Es el que usás vos para justificar tus arbitrariedades. El que usaste conmigo, sin ir más lejos.

―…

―¿Ahora no podés decir nada? ¿Dónde están tus huevadas acerca de mandatos? ¿Tus excusas berretas? Con ese me atrapaste a mí. Tres hijos, y contando. Todo por tu estúpido mandato, pensando que en algún momento, vos y yo… vos y yo…

―No llores, Naueh. No te quería lastimar. Por eso no quería tener la charla esta.

―No, está bien. Necesito llorar un rato. Me hizo bien sacarme la espina. Estuvo todo muy raro, últimamente, y con el Festival de nuevo en el pueblo… no sé… pensé en vos. En cómo cambiaron las cosas. Y estuve demasiado tiempo en la ruta.

―¿Sí? ¿Y qué onda con Pecarí? ¿Es cierto lo que me dijo Eli, que pusieron una hidroeléctrica?

―Es cierto, pero es un asunto controvertido, por lo que oí. Los vecinos alrededor están furiosos: no creen que se justifique el daño al ambiente para las necesidades que tienen. Muchos de los que fueron son originarios de Itekoa, y ya sabés cómo salió eso.

―Eso pasa cuando dejás entrar gente en forma irrestricta. Los urbistas son una plaga. Apenas pueden tener hijos, pero se creen con el derecho choto a mandar a los demás, y a romper todo para alimentar sus construcciones de mierda. Como si tuvieran futuro, y no hubieran sido los culpables de todo lo que pasó.

―Eh, no todos los urbistas son iguales. Nuestros padres lo fueron, en su momento, también.

―Y se fueron.

―En Pecarí también aceptaron urbistas, eh. Y ahí ves como todo se desmadra. Una educación de mierda, tienen, pero fue un proyecto suyo. Lo único que falta es que después nos quieran cobrar por usar nuestra propia tierra, o que quieran armar una central nuclear sin mano de obra cualificada. Son esa clase de gente.

―Bueno, pero la presa de Pecarí puede alimentar a doscientas aldeas. Imaginate las posibilidades. No necesitaríamos parques solares como el de Ñanculén para alimentar solamente el Voygue.

―Vos lo que querés es llevarme la contra. ¡Si vos mismo me dijiste que causó problemas!

El otro sonrió, pero se adivinaba el dolor abajo. Bajó de la bici eléctrica y se refrescó la cara en el agua limpia del Rincón del Diablo. No convenía que regresara a su casa con señales de llanto. Volvió a subir a la bicicleta

―Bueno, algo podemos hacer para no desperdiciar lo último que nos queda de juventud: ¡Carrera hasta el pueblo!

Salió de un pique y el Tequi sonrió. El sol le pegaba en la frente, pero el viento era fresco en el valle.

―¡No vale así! ¡Teníamos que arrancar al mismo tiempo!

Pasaron entre coihues y yaoyines ya florecidos, por bosque nativo y por huertas comunitarias. Por campos abiertos y por el taller laboratorio. Aquí y allá, una vaca o una oveja los miraba pasar, como si fueran dos chicos de quince años. Los jóvenes acampaban ya en los lindes de la aldea. Para cuando cruzaron el puente del río Fayel estaban riéndose, acalorados y sudados. El Tequi era más fuerte y podía acelerar más, eso era evidente, pero Naueh manejaba mejor. En la entrada del pueblo, la juventud se agolpaba, expectante, a que los sepias del pueblo les dieran la bienvenida, pero era algo tarde.

Llegaron muy justo a la estación de tren, donde miles de jóvenes esperaban, ansiosos, vestidos de colores o desnudos, según la costumbre de sus pueblos o el gusto personal. Pero, de nuevo, nadie asistía.

Naueh, sin decir palabra, le concedió la victoria al Tequi, lo abrazó y se fue. No sabía entonces que nunca lo volvería a ver: había noticias más urgentes. Su mujer lo esperaba en la estación.

―Tequi, vení. Te tengo malas noticias.

―¿Qué pasó, Jama?

―Tu mamá. Tu mamá murió.

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